Monday, May 11, 2015

Día (del Facebook) de las madres


Domingo: día de las madres; ese día del año donde agasajas a tu mamá, le agradeces y le dices cuánto la quieres; el día donde le llevas el desayuno a la cama, le escribes una tarjeta, la llevas a almorzar, le compras flores, le das un regalo y… el día donde publicas en tu muro para el deleite visual de todos tus contactos de Facebook, cuánto la quieres, la amas y a dónde la has llevado a almorzar o qué le has regalado.


"Querida mamá, no es que seas la única que ve el desorden, sino que
eres la única a la que le importa. Excepto hoy. Hoy nos importa
porque papá nos está sobornando y se le ve serio.
¡Feliz día de las madres!


Lunes: el primero de los 364 días que no “son” de las madres en el cual –muy probablemente- olvides todo o gran parte de lo que hiciste el día anterior respecto a tu mamá. Total, ya la engreíste ayer; si lo hicieras todos los días no sería especial, además que tu mamá ya lo debe saber.

Cada año por esta fecha es más de lo mismo. Meses atrás ya nos bombardean con “este año demuéstrale a mamá cuánto la quieres… Plancha marcha Acme a sólo S/….”, o “Feliz día, mamá… Promociones y descuentos sólo con tarjeta Shipley”. La más genial me pareció la llamada “promoción que mamá estaba esperando”, sólo cómprale un celular y te regalan 500 minutos libres, para que hables más con mamá (pero contéstale, pues). El mensaje subliminal es claro: si quieres a mamá, compra, gasta, demuestra... Es lo más normal ahora, incluso a los niños se les pregunta qué cosa le van a regalar a sus mamás, presuponiendo que día de las madres es igual a un regalo. Y hago un mea culpa, porque a mi mamá no le compré ni un chicle por “su día”. (Viejita, perdona, pero entre comprarte algo, ir a la agencia y mandártelo con la probabilidad de que te llegue para el siguiente año, opté por regalarte un paupérrimo-y-carente-de-valor-económico saludo por teléfono y una carta que escribí hace un tiempo y nunca te di).

Sumándose a toda la campaña de consumismo, entra una nueva forma de expresar amor, una nueva tendencia: no hay día de las madres si no publicas algo alusivo a ello en tu Facebook. Bastó navegar una media hora el día de ayer para conocer al menos al 70% de las mamás de mis contactos y amigos. Lo gracioso es que muchas de las mamás no tienen Facebook, y ni preguntar si les llegaron los saludos en persona.

Ayer lo pasé con mi abuela, y durante el almuerzo salió el tema de los saludos en los muros. Lo que llamaba la atención era cuánto amor virtual abundaba: desde fotos de la infancia hasta palabras llenas de amor y agradecimiento para sus mamás. Todo muy bonito. La pregunta que salió fue “¿y ya habrán siquiera abrazado a sus mamás? Todo esto que escriben ¿se lo habrán dicho en persona?”. Todos nos miramos y lanzamos una risotada. Es muy probable que sí, que ya hayas abrazado a tu mamá, que le hayas dado su regalo y que te hayas tomado la “foto de político” para luego colgarla y mostrarla. También es muy probable que no le hayas dicho cara a cara ni la mitad de las palabras que publicaste en tu estado, que tus "te amo con toda el alma y gracias por ser la mejor mamá de este mundo, todo lo que soy es gracias a ti" se hayan convertido en un "feliz día, mamá, abre tu regalo". Tal parece que decir las cosas en persona es una cuestión de valientes. “¿Decirle a mi mamá que la quiero? Si ella ya lo sabe, es obvio (además que ya lo publiqué en mi Facebook)”.  




A raíz de la sobremesa, de contar cosas que hemos visto y de la incongruencia evidente que hay entre lo que le publicas a tu mamá y cómo la tratas en persona, alguien dijo estas palabras célebres que siempre recordaré cada día de la madre:


“Antes de publicar huevadas, anda abraza a tu mamá”. 


Me sonó tan cierto… Y agaché la cabeza recordando que en términos facebookeros no quiero a mi mamá porque ni “un chicle” le publiqué. Ella sabe, ella entiende.

Luego de hablar ayer con ella y saludarla, me sentía tranquilo. Realmente siento que todo lo que necesito decirle ya se lo dije. Todo el agradecimiento y amor que siento hacia ella lo convertí en palabras años atrás pero, personalmente, prefiero decírselo con un beso y un abrazo, o decírselo también con mi escucha y aceptación plena hacia ella.

Entre tantas cosas para eso es ese día: uno central para agradecer y manifestar todo el amor que sentimos por la primera mujer en nuestra vida. Lo ideal sería hacerlo durante todo el año, logrando que el día de la madre pase desapercibido por no celebrar algo distinto. Cada uno con sus formas y maneras, manifestamos ese amor hacia ella.  Si la tienes contigo, muy aparte de los regalos y detalles (y publicaciones), con un abrazo y unas palabras puedes hacer ese día –y todo el año- totalmente diferente. Si no la tienes contigo, ten la certeza que te seguirá cuidando y velando por ti. Esa sensación que le generes ni tú ni yo la sabremos, porque esa variante del amor incondicional con su pizca de “no sé qué” está reservado para aquellas personas que aceptaron y decidieron cargar a otro ser vivo sin esperar nada a cambio. Amor y aceptación; amor incondicional, amor de madre




P.S.:

Les dejo este video no apto para los “débiles” de corazón. No esperes al siguiente día de la madre, hoy es el mejor día.





Monday, May 4, 2015

Mi historia en retrospectiva


            Todos tenemos una historia, la cual está compuesta por el conjunto de eventos y sucesos (ocurridos y no ocurridos) que nos trajeron al aquí y ahora. Tu historia determina quién eres y cómo eres; de qué forma puedes ver la vida y cómo es tu mundo interior. “Lo que te pasó es lo único y lo mejor que pudo haberte pasado”, leí alguna vez. Como otras entradas de este blog, ésta tiene una historia que la motivó.




Me encontraba conversando con una amiga a quien para efectos de este relato llamaré Felicia –sí, tengo un gusto “nerdístico” por los videojuegos; en una próxima entrada escribiré sobre esto. Felicia me estaba contando algunas cosas que vivió en su adolescencia junto con otros recuerdos de infancia, de cuando era muy pequeña. Nos entró cierta nostalgia de cuando eres niño y lo sencilla y linda que es la vida por lo poco que sabes y por lo poco consciente que eres de lo que pasa a tu alrededor; como niño, tu mayor pre-ocupación es pensar en qué jugar. Luego creces, te vuelves adulto y todo se va al carajo (en algunos casos)...


Felicia es de esas personas a las que siento que conozco de toda la vida; la confianza que nos tenemos es como la de los niños: pura y absoluta. Luego de escuchar atentamente su historia, se invirtieron los roles: ella me preguntó por la mía. Como pocas veces he hecho, empecé a hablar contando mi historia…




Recuerdo mi infancia como una muy feliz. Siempre sentí el amor y cuidados de mis padres, sentí su rigidez justa y necesaria combinada con el disfrute de la libertad; y hasta el día de hoy, siento que en todo momento hicieron de corazón lo que consideraron mejor para mi hermana y para mí.




A mi papá no lo veía mucho. Su rutina era salir a primera hora al trabajo para regresar en la noche. No son muchas las imágenes que tengo conscientemente en mi memoria pero siempre lo sentí presente. Recuerdo las veces que me llevaba a su oficina y cuánto me gustaba ir de un lado para otro con él. En aquél entonces mi padre no era el más expresivo del mundo y con todo ello, nunca me faltaron palabras y abrazos para sentir su orgullo y amor hacia mí. A la fecha no somos los más expresivos pero la nuestra es de esas relaciones que prescinden de las palabras; no son necesarias para comprender su magnitud y alcances. Todas esas cosas, por acto de magia o conectividad, ya las sabemos.




Con mi mamá tengo muchos de los recuerdos más felices de aquellos años. Escuchar canciones como “Unchained Melody”, “I Just Called to Say I Love You”, “For the First Time” o cualquiera de Rod Stewart o Phil Collins me llevan a esos años y a verla caminando y cantando como hasta ahora hace. Siempre me despertaba con un beso y palabras cariñosas, me esperaba en la puerta a que llegue del colegio y nos sentábamos a almorzar. Me preguntaba sobre mi día, me hacía compañía hasta que terminara de comer… Tantas cosas y detalles que hicieron esa época especial y apasionadamente feliz. Un evento en particular lo tengo a la mano: una vez vi unos stickers en el colegio en una de las muchas loncheras que habían por ahí. Llegué a casa y se lo comenté a ella, sin segunda intención, como cuando cuentas que viste pasar una mosca. Unos días después llego del colegio y como ya era costumbre, me dice que suba a lavarme las manos. Lo que vino después lo recuerdo muy  bien: me dice que tiene una sorpresa para mí. ¿Cuál era la sorpresa? Bajo con mis manos relucientes y veo a María (así le digo también), con los stickers que le había comentado días atrás. Se quedó con mi comentario irrelevante y me dio una de las mejores sorpresas que hasta ahora recuerdo y que tal vez se quede corta cualquier descripción que pueda hacer. 


Unos años después mi mamá empezó a viajar, para eventualmente instalarse en otro país. Mis almuerzos pasaron a interacciones silenciosas con el televisor, seguidos de tardes solitarias en casa. Mi papá seguía en su rol de proveedor, haciendo lo humanamente posible; mi hermana estudiaba, y andaba metida en sus propias cosas, y yo también. Empecé a sentirme solo por primera vez; experimenté ese vacío, tristeza y pérdida de la sonrisa, todo ello manifestado en aislamiento, mal humor y ansiedad. Algunos lo considerarán síntomas propios de la adolescencia; para mí, en  mi mundo, no sabía qué era; me sentía demasiado apático para todo y estaba tan metido en mi piloto automático de la autorreclusión y “alpinchismo” como para mirarme hacia adentro y ver qué tenía para hacer algo con ello... y así pasaron muchas semanas y meses. No hice amigos de barrio y los pocos que tuve años atrás, no los conservé. Por supuesto, no podían faltar los complejos por mi físico, inseguridades y baja autoestima. No sé cómo estaba a ojos del resto pero creo que nunca lo hacía notar. Mis notas y rendimiento académico nunca bajaron y de hecho eran buenos –más aún teniendo en cuenta que nunca estudiaba. Mi procesión la llevaba por dentro, guardaba mi lamento para cuando estuviera solo… o sea, tenía mucho tiempo para ello. Producto de la conversación me acordé de que era bastante llorón y miedoso en esa época. Por alguna razón, tenía miedo de que algo le pase a mi papá cuando salía. Sentía una profunda ansiedad, preocupación y pánico. Vivía asustado por las desgracias ficticias que mi mente creaba. Felizmente nunca me llevaron a un psicólogo que me reconfirme que algo estaba mal y me etiquete como víctima de algún desorden.  



Mis amgos en nuestra graduación
a la que no quise ir.
Avancé en la secundaria y se me ocurrió cambiarme de colegio (literalmente fue mi decisión y mis padres no se opusieron). Creo que andaba con tanta mierda por dentro que llegué a renegar de mis propios compañeros de colegio, no me sentía parte de ellos (no se ofendan, amiguitos, el de los rollos era yo, no ustedes) y recibí con los brazos abiertos el estatus de “el nuevo”. Las cosas mejoraron de a poco. Seguía con mis propios temas pero el conocer a tanta gente nueva y sobretodo el empezar a interactuar con amigas contribuyó mucho y es que en el anterior colegio, mi interacción con mujeres, esa que ahora disfruto tanto, era nula. Fueron meses buenos hasta que mis propios temas sin resolver con su característico modo de aislamiento volvieron. Mi nueva salida: tirarme la pera. Logré la infame marca de 30 inasistencias –contadas, con la posibilidad de haber sido muchas más-, al punto de que mis amigos pensaban que me había ido del colegio. Ello me sirvió para agarrar calle, conocer muchas rutas de micros y probar que "ir a clases es de nenitas, que los valientes pasamos de año sin jalar cursos faltando, porque yendo, cualquiera la hace". (Si me desaparezco ahora, hago responsables a mis padres por las represalias que esta confesión pueda generar). 


La universidad, con sus matices, fue un poco más de lo mismo, con nuevos amigos y aislamiento… Tuve mi época de amargado con mi propia familia, principalmente con mi hermana y mis primos. Mis estudios de Derecho sacaron algunas de mis “virtudes”: afloró mi parte presumida, me creía dueño absoluto de la verdad, ninguneaba a las personas por sus conversaciones, manipulaba, y me sentía más que el resto. No en vano me gané adjetivos como frívolo, malo, maquiavélico, insensible, entre otros. Todos bien merecidos.





Seguí creciendo, pasaba el tiempo y gracias a conversaciones más adultas me fui enterando de muchas mis “joyas” familiares; historias tétricas, inverosímiles, desvergonzadas y sobretodo reales. Como no son historias de mi entera propiedad, me abstendré de escribirlas (si quieren saber, pregúntenle a Felicia, ella lo sabe todo). Lejos de afectarme, creo que ya andaba tan “curtido” con mis propios demonios que lo tomé de forma muy tranquila.


Años después encontré en el Coaching  mi vocación y la herramienta para reinventarme, dejar ir cosas y empezar el fascinante trabajo de mejora continua y desarrollo personal, que es donde sigo hasta ahora.




Como nunca, hablé largo y tendido gracias a la atenta mirada y escucha de corazón de la hermosa Felicia. Me dijo con cierta sorpresa que no tenía ni idea de las cosas que había pasado y vivido, que no parecía por cómo me ve ahora y por la forma que tengo de tomar las cosas y manejarlas. Le dije que agradecía todas las cosas que me pasaron (las que consideré como buenas y malas) porque de todas ellas aprendí. 


Gracias a mis demonios crecí, me conocí mejor, me vi en mi propio espejo y luego de aceptarlos e integrarlos, todo mejoró. Gracias a mi pasado es que tengo mi presente. Entre risas le dije que sin esas cosas tal vez sería un hijito de mamá, totalmente engreído, inmaduro, sobreprotegido y quién sabe qué más; y muy probablemente no estaríamos en ese momento conversando sobre nuestras vidas.

Amistándose con sus cargas...


Un día normal concluyó en reunirme con Felicia para escucharnos y conversar de la vida. Sabes bien que no soy de decirte halagos o cumplidos por considerarlos sobreentendidos hacia ti o por el riesgo de quedarse cortos. Gracias a ti, mi querida Felicia; gracias por escucharme, por querer saber de mí y por estar ahí de la misma forma en la que yo estaré para ti. Espero poder reunir todo mi agradecimiento y felicidad por conocerte todo este largo tiempo para manifestártelo en un abrazo.



Uno mejor que este, de seguro.


He revivido aquella conversación al momento de escribir estas líneas. Todo empezó con una simple pregunta. Mi historia fue tal cual. No hay algo que cambiaría si pudiera. Mi vida ha sido perfecta, por lo que ahora dibujo una sonrisa en mi rostro, y reconfirmo que, efectivamente, lo que me pasó es lo mejor y único que pudo haberme pasado. 







Monday, April 27, 2015

Detalles


            Todos los días recibimos gestos de amor, de amistad y de agradecimiento de distintas fuentes. Desde un saludo, un mensaje, pasando por un beso o un abrazo. Todos estos son imitables y replicables. Un abrazo lo agradeces con otro abrazo, un regalo con otro regalo y así sucesivamente.

En una relación hombre-mujer, se asume muchas veces –con toda la razón del mundo- que la mujer es más detallista y por ende, siempre tendrá alguna sorpresa que nos sacará una sonrisa (un hombre "sensible" y "detallista" está en el Top 10 de habilidades deseadas en un hombre). Sorpresas he recibido muchas, y ahora que las traigo de vuelta a mi presente, continúo aún con el asombro y admiración de las cosas que la creatividad y el amor pueden hacer. He recibido detalles que me han dejado boquiabierto y de los cuales hasta ahora conservo varios como una muestra de admiración y agradecimiento. Mis breves momentos de inspiración para hacer detalles, existen, pero nunca con tal grado de elaboración. De mucho
Sin palabras...
pensar en qué hacer termino fundiendo mi mente racional y retorno a lo más sencillo y sincero que puedo hacer: escribir algo. De los muchos gestos y detalles que se pueden entregar o hacer, hay uno que nunca he hecho –hablo de detalles simples, nada de mariachis o mandar a un corazón a perseguir a la amada por la calle-, en un inicio por considerarlo cursi y ahora porque simplemente no sabría cómo. Nunca he dedicado un poema de mi autoría (y, creo que ni siquiera con copy-paste). Al igual que para el baile, esa parte de mi cerebro está cuadripléjica.

Dos personas me han entregado poemas: una enamorada de aquél entonces y una amiga a la distancia (tiempos ancestrales del Messenger) a quien nunca tuve el privilegio de conocer. Sólo puedo decir que era “un Sol”.

A continuación comparto uno (me dijo que ella lo había escrito):


“Si no te soñara...

Sueño tu voz
diciéndome te quiero,
y me caminas de caricias
con la yema de tus dedos,
es tan divino saberte
suspirando entre mis sueños,
que mantengo los ojos cerrados
para sentirte en mi cuerpo...

Sueño con tus brazos
agazapados a mi cintura,
con el roce de tus labios
palpándome la figura,
es tan hermoso soñarte,
respirarte entre mis senos,
que por soñar imposibles
sueño volar en tu cielo.

Y de mis sueños me alimento
camino, bebo y respiro,
pues mi vida seria un infierno...
¡si no te soñara conmigo!”


Lamentablemente, el otro (de mi amiga) no lo encuentro. Anda perdido en algún lugar de mis archivos, esperando ser rescatado. La búsqueda lleva un par de horas pero mantengo la esperanza de encontrarlo... (sé que lo he visto).

Primo, gracias a ti también...
Comparto esto como una muestra de agradecimiento para esas personas que haciendo poco me dieron mucho, que de forma auténtica y desinteresada nos dan gratos recuerdos que albergamos en el archivador de momentos felices. Mi ejemplo fueron los poemas, pero me extiendo a todas las personas que han tenido algún gesto conmigo. No me alcanzaría el tiempo para detallar las sorpresas que he recibido; de alguna forma hasta siento que he hecho poco para recibir tanto. 

Las historias transcurren, se terminan y empiezan unas nuevas, y con todo ello, puedes marcar algo distinto en otras personas con pequeños gestos. Ya no tengo contacto con las poetizas pero desde aquí, mis mejores deseos. 

Seas hombre o mujer, la diferencia estará en hacer y demostrar más "pensando" menos.  “Menos es más”, he ahí la magia de los detalles: en su simpleza.




Monday, April 20, 2015

"Sabes que te amo (pero...)"



Se conocieron sin esperarlo, se gustaron, compartieron; bajaron sus defensas y se quitaron sus cascos y armaduras. Continuaron con las salidas, llegó el primer abrazo, la primera tomada de mano y caricias en el rostro. Llegaron los primeros jugueteos, las primeras miradas cómplices y los primeros momentos de silencio contemplándose los rostros. Llegó el esperado primer beso, se sumaron las caricias más íntimas, culminando todo en una liberación celestial seguida de un estado de paz y plenitud absolutos, sintiendo que no habría mejor lugar ni momento más feliz que estando los dos juntos. Todo era “perfecto”. Ambos avanzaban y abrían nuevos senderos sobre las nubes, dando cada paso tomados de las manos.



Pasó el tiempo y llegaron las primeras discusiones, las primeras diferencias y malentendidos. Experimentaron sus primeros momentos de silencio incómodo, los primeros cruces de brazos y manos solitarias; conocieron a la desazón, a la tristeza, al estancamiento y sintieron los primeros aterrizajes de cara contra el suelo frío de la no-ilusión. Y así llegaron las primeras disculpas, las primeras reconciliaciones y reafirmaciones de amor. Se atrevieron a soñar, a fabricar sus primeros mundos de ensueño, con un hogar, hijos y una vida feliz, juntos. Y así siguieron, caminando sobre las nubes, tomados de las manos.


Llegó más y más apego, llegaron la obsesión, los celos, la desconfianza… Y llegaron más peleas, más diferencias; también más compromisos y promesas de amor, y en sus propias imperfecciones eran felices, muy felices.


La vida siguió avanzando hacia la dirección que conoce; llegaron más momentos de felicidad, más ilusiones. Llegaron nuevos problemas, más separaciones y distanciamientos. Se hizo presente la indiferencia; se hicieron presente terceras y cuartas personas, bien en la forma de aves de paso o bien en la forma de cuervos.




El amor los seguía empujando a ir hacia adelante, dibujándoles sonrisas y poniéndoles vendas para que ni siquiera saluden a la indiferencia, a los problemas o a las separaciones. Pasó el tiempo y el amor, solo y más entrado en años, perdió la energía y corazón de sus años de juventud. Ahora sus pasos eran más cortos, más pausados y cansados, con cada vez menos fuerza. Finalmente no pudo avanzar más y  las dos personas perdieron su empuje. Las vendas se aflojaron y cayeron; y de nuevo saludaron a sus viejos tormentos conocidos, sumándose ahora la intolerancia.


Y así siguieron avanzando, en caminos cada vez más distintos, cada uno por su lado, siguiendo su propio norte. El amor no les pudo seguir el paso y se quedó atrás recordando sus años mozos y de fortaleza; recordaba cómo fue concebido, de lo esplendoroso que fue todo al inicio… y eventualmente murió, solo y olvidado.




Y así siguieron, con sus manos cada vez más ajenas y extrañas por la falta de contacto. Vino el tiempo para corroborar que apenas se conocían. Habiendo muerto el amor en el olvido, el momento de conversar y sincerarse era inevitable. El tiempo no estaba ahí para que sea echado a perder...




Y llegó el momento de conversar, de decirle adiós al pasado, de aceptar el presente y de borrar ese futuro que fabricaron juntos. Las promesas y compromisos de amor que formaban parte de su mundo se transformaron en gratitud, cariño y buenos deseos. Se dijeron que se amaban, que siempre podían contar el uno con el otro y que siempre iban a ser especiales el uno para el otro… y nada más. Cada uno siguió su camino y avanzaron sin mirar atrás, dejándose en las sombras como hicieron con el amor, quien murió en el olvido.


La misma historia se repitió y continúa repitiéndose, con nuevas personas pero con los mismos personajes secundarios. Es una lástima que estas dos personas, así como muchos protagonistas de sus propias historias, olvidaran en su camino a la pareja incondicional del amor, tan incondicional que sin ella el amor envejece y acaba muriendo como le pasó al de este relato. Olvidaron a la aceptación. ¡Cuántos caminos seguirían unidos si no la hubieran olvidado!





Y mientras tanto, la vida siguió avanzando hacia la única dirección que conoce: hacia adelante. 


Sunday, April 12, 2015

De vuelta al mercado


            De las muchas cosas que mi mamá me decía y aún recuerdo, hay una que me ha resonado bastante en mi reciente y repitente soltería. Fue hace algunos años, estábamos conversando en una reunión familiar mi mamá, una tía y yo, cuando salió la pregunta clásica de la tía a la que apenas conoces y ves cada diez años (si no son más):

-         Tía: “¿Y cómo te va, hijito? Uy, yo te he visto cuando estabas chiquitito, ya ni te debes acordar…”  -y obviamente no te acuerdas, como probablemente no te acordarás de tu tía al día siguiente.
-         Yo: “No, tía, no me acuerdo… (sonrisa condescendiente)”.
-         Tía: “Mira lo grande que estás. ¿Y tienes enamorada?”.
-         Yo: “No, tía, todo tranquilo”.

Y entonces vinieron las palabras sabias de mi madre:

-         “Uy, mi hijita, para que este nene encuentre una enamorada que lo quiera tanto como él se quiere a sí mismo… eso va a estar difícil”.


¿Y tienes enamorad@?


Y así como a mi tía (sinceramente no me acuerdo cuál de ellas era), olvidé esas palabras, y pasaron años hasta que volvieran de la nada, para que me resuenen y me hagan darles mil vueltas, como lo sigo haciendo desde hace unos meses. ¿Será que estoy condenado a estar solo?

“Difícil” tal vez ha sido. A mis 28 años acumulo la copiosa experiencia de cuatro enamoradas, número ridículo en comparación a mis amigos y parientes cercanos. El parangón se hace más grande si tengo en cuenta que de esas cuatro relaciones, solamente dos han sido significativas en términos de tiempo: la primera de casi dos años y la última de dos años y meses… y eso es todo. El “encontrar” ha estado bastante flojo también. Tuve mi primera enamorada en el año 2004, la segunda en el 2005, la tercera en el 2008 y la última en el 2012. Si quiero ser nerd podría buscar un patrón y predecir que la siguiente pareja llegará en seis o siete años, para el 2018 o 2019 (ya estamos 2015, ¡vamos, que sí se puede!).


¿Y ahora?


Dejando de lado las palabras de mi madre, siempre he pensado que las relaciones llegan en el momento que deben, que no hay que buscarlas; sólo hay estar listo para cuando la oportunidad llegue. En mi caso no sé si demoran para mí o pasé mucho tiempo sin estar listo. Volver al mercado de los solteros es como ser deportado: retornas por las buenas o por las malas, pero siempre enrumbado en el avión hacia “Solterolandia”. Puede ser un viaje turbulento o bastante pacífico, dependiendo del momento de la deportación y cómo lo digieras. Al principio te puedes sentir como los peruanos que vuelven luego de diez o veinticinco años: recuerdas lo que era antes, cuánto ha cambiado ahora y te sientes extraño en un entorno que no es el tuyo. La buena noticia es que así como el “Perú es súper”, terminas readaptándote a tu nueva situación, te familiarizas, de nuevo la disfrutas y puede que ya no quieras volverte a ir; recuperas hábitos de soltero o te generas nuevos para invertirlos en tu mayor tiempo libre (demasiado libre y demasiado tiempo, a veces), contactas amigos (si es que te quedan) y sobretodo que empiezas a estar contigo mismo, a pensar más en ti (y también es que no te queda de otra).  


Consejo de pata: sé el eterno
soltero... o mantenlo oculto.
Pasarán los días, los chismes y comentarios se esparcirán acerca del nuevo individuo que vuelve al mercado de los solteros. Aparecerán tus incondicionales amigos buscando animarte, aparecerá ese amigo “gilero de chongo” que quiere llevarte a conocer chicas-malas-que-hacen-cosas-buenas, y también las buenas amigas con las cuales conversar, contar la historia y desahogar si lo necesitas. Si cometiste el pecado capital de publicar formalmente (con cambio de estado de por medio) tu relación en redes, te espera un buffet de comentarios y preguntas como “¿qué pasó?”, “tenemos que conversar”, “¿estás bien?”, “inbox, amiga”, “cuéntamelo todo”, etc., etc., etc.


Después de la tormenta siempre amanece y llegará el momento donde puedas recordar tu relación por las cosas buenas que viviste, sonreír por cuánto aportó esa persona a tu vida y a tu desarrollo, porque ya no eres la misma persona que empezó esa relación… Llegará el día en que puedas valorar ser tu propia pareja, que tu mundo gire en torno a ti y puedas seguir conociéndote, queriéndote y pasarla bien contigo mismo para seguir creciendo; ser mejor persona, para ti y para alguien más, cuando se dé. Estar con pareja es una experiencia única y enriquecedora (sí, lo digo en un escenario ideal, nada de relaciones tóxico-intensas). Agradezco cada una de mis
¿Relaciones tóxicas? No, gracias.
relaciones… y así también de bueno es estar en el mundo de los solteros (de nuevo). Aquí también hay felicidad, hay amor, diversión; se destaca la mayor libertad (libertinaje si se desea), cantamos “Hola Soledad” sin acongojarnos y ulteriormente pretendemos romper con el mito de que para ser feliz hay que estar con alguien y también cachetear a aquellos que dicen que no “pueden” estar “solos”.


Aún no le encuentro respuesta ni significado a esa frase, tal vez mi mamá ni se acuerde pero haré el intento de preguntarle. Tal vez el difícil sea yo, tal vez sí sea jodido estar con alguien como yo y todo bien. Me reiré de ello, lo justificaré y como buen hijo que se respeta “culparé” a mi madre porque que me “marcó” con su frase, sobretodo por haberme dicho que me quiero mucho. ¡Bien jugado, mamá!


Bromas aparte, esta nueva etapa es una oportunidad para ver mi reflejo, para volver a conocerme y estar bien conmigo mismo. Cierro esta entrada con una frase de Dostoievski, que en un sentido medio trágico pero bien intencionado resume algunas bondades de estar con uno mismo, de ser feliz por gusto, pasarla bien conversando con tu voz interior y siendo feliz para uno mismo y –cuando sea el momento- compartir la felicidad con alguien más:



            “Cuando me siento feliz irremediablemente maúllo alguna melodía dentro de mí, como cualquier hombre feliz que no tiene amigos, ni buenos conocidos, y quien en momentos felices de la vida no tiene con quién compartir su alegría”.


Todo empieza por uno...


P.S.: 





Sunday, April 5, 2015

Todos somos prostitut@s


Hola a todos, mi nombre es Alonso y soy un prostituto. Sigue leyendo para descubrir cómo… pero ten cuidado porque es muy probable que también lo seas y te enteres a partir de hoy.


Hace poco escuché un audio de una conferencia en el cual el facilitador le decía a una mujer que había actuado como una prostituta al querer manipular al marido con chantajes emocionales. Al salir de mi asombro por la crudeza con la que la encaró, y luego de volver a escuchar y darle sentido a las palabras del facilitador, comprendí esta nueva definición del oficio más antiguo del mundo.


La RAE define la palabra prostituto(a) como “persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero” (confieso mi ignorancia al dudar de si existía la palabra en masculino), nada novedoso, pero vayamos al otro concepto; ¿por qué la mujer manipuladora de la conferencia era una prostituta? En términos del facilitador, un prostituto o una prostituta es aquella persona que hace algo esperando una cosa a cambio. Esto va desde las antiguas transacciones de sexo por dinero, pasando por las escenas de celos de un enamorado hacia su pareja para que uno haga lo que la contraparte quiere, y terminando por un niño que se porta “bien” para recibir el regalo prometido por el padre. Tan sencillo y contundente como eso; si haces algo esperando recibir algo (sea material como un premio o inmaterial como atención, cariño, lástima etc.), si tienes apego al resultado de tus acciones, felicitaciones, ya eres de los nuestros. Bienvenidos todos al club de los prostitutos.


Business eran business
Me sale la pregunta, de forma general y especialmente para mí, ¿con qué frecuencia actuamos para recibir algo a cambio? ¿Cuándo realmente hacemos algo de forma desinteresada? Mis recuerdos más antiguos de mi incursión en este oficio son de cuando era niño y me portaba bien, haciendo caso para recibir un premio o bien un “qué lindo, qué obediente”. En el colegio, hacía las tareas para tener buenas notas y eventualmente ser recompensado por mis padres. Negociaba mis 20s (la mayoría del curso de inglés): por cada 20, un Caballero del Zodiaco… y así puedo seguir con más y más ejemplos. Si lo llevamos al aspecto de pareja, es aún más diverso. Con mis parejas me he prostituido y muchas veces –y probablemente ellas también-, es parte de la negociación constante de una relación, de manejar las diferencias.


La familia Rabbit en la actualidad
Fuera de la mala concepción del término, fuera de lo chocante que pueda sonar la palabra por la poca moral asignada, lo interesante de la prostitución es que siempre actuamos buscando algo a cambio y haciendo uso del mejor recurso que tenemos a la mano en ese preciso instante (en el caso de la conferencia, la manipulación). Nos invita a pensar en qué son esas cosas que nos mueven día a día, qué cosas quieres conseguir, para qué haces lo que haces. Nos prostituimos yendo a trabajar por un sueldo, nos prostituimos en un matrimonio, en una relación de amistad, en virtualmente todo lo que hacemos. ¿Tienen amigos que publican en sus muros cada paso que dan, con comidas incluidas? Son parte del club. No en vano se les llama attention whores. Su paga: los likes y comentarios que esperan conseguir. 


Cerraré esto con una frase que ya se ha hecho cliché en mi entorno: “ni bueno, ni malo, información para ti”. Todos somos prostitut@s... ¿y? A seguirle dando…