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Tuesday, March 7, 2017

Cuestion de fe


Hace algunos años leí el título de una cadena de correo que decía “La raza humana se dirige hacia la estupidez”. Atraído por tan singular título, abrí la cadena. Esta contenía una serie de errores de las personas al utilizar ciertos productos. Ahora, luego de haberme querido informar sobre la coyuntura actual vía Facebook, no puedo sino recordar de nuevo tan interesante título.


Me pregunto desde cuándo se volvió tan importante soltar una opinión, de tener una verdad a la cual defender contra todo y contra todos. Pasa a un segundo plano si mi opinión es informada, si tengo idea de lo que estoy defendiendo o si vale la pena pelearme o entrar a discusiones porque otra persona tenga una opinión marcadamente diferente a la mía. Mucho menos importa si la postura que tenga sobre un tema es propia o sólo estoy repitiendo cosas que leí de alguien más. No nos consta ni un carajo de lo que decimos pero hay que opinar. “Opino, luego existo…”


(Autor: Paweł Kuczyński)


Luego de leer tantas barbaridades en la mencionada red social, creer que el mundo puede ser un lugar mejor, donde todos respetemos nuestras diferencias, se convierte en una cuestión de fe; y no hablo de esa fe que mencionan los dogmáticos de esperar a que venga el Todopoderoso a arreglar mi vida (porque soy un siervo, obedezco y rezo mucho), sino esa fe que significa aferrarse a una creencia a pesar de que no tengas ni la más remota evidencia de que ello puede ocurrir. En momentos de decepción como estos, creo que el mundo (mi mundo), estaría mejor si hubiese más ignorantes en lugar de tantos estúpidos. Me uno a Sheldon Cooper cuando dice: “Uno llora cuando está triste. Por ejemplo, yo lloro porque otros son estúpidos y eso me entristece”.


Y por estúpido no me refiero a alguien que no sepa algo, o a alguna persona que no tenga “inteligencia”. Un estúpido es aquél que no tiene una opinión propia, siguiendo al resto sin saber plenamente por qué; no se informa y/o mata por tener la razón; cree que la única verdad está de su lado. La gran virtud del ignorante es que desconoce de algún tema, y puede aprenderlo. No tiene la intransigencia del estúpido y tiene la capacidad de elegir si se informa o no.


(Autor: Paweł Kuczyński)


El mayor peligro del estúpido es que desconoce los límites de su estupidez. Cree estar informado sólo viendo noticias o leyendo opiniones y comentarios de otros; cree que por seguir una religión o citar la Biblia sin entender una palabra de lo que dice, ya tiene una verdad incuestionable. Pero no hay una opinión propia, ni mucho menos un criterio. Sólo se trata de opinar y entrar a la gesta, al debate.


Me da mucha pena el ver qué tan fácil es polarizamos como sociedad por un tema coyuntural. Hace poco nos matábamos por los candidatos presidenciales; ahora nos matamos porque a unos les surgió la vena protectora de padres y tienen miedo de que sus hijos se conviertan en homosexuales (¿ser felices tal vez?). Estas cosas sacan lo peor de nosotros. “Humano, demasiado humano” en palabras de Nietzche.  


Abajo: gente en las marchas y sus opositores.
Arriba: los medios y "líderes" de opinión


¿Cuándo murió la posibilidad de que podamos tener puntos de vista diferentes sin que ello implique un desagrado hacia el otro? ¿Cuándo fue que nos volvimos tan estúpidos como especie?


Creo en que la gente puede cambiar y en que todos podemos llevarnos bien, pero hay días donde de verdad, con estos humanos, se hace difícil. Bad humanos...


Un día a la vez…



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Resaca del 14 de febrero:


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La vida en una canción:




Wednesday, February 15, 2017

Resaca del 14 de febrero


Y San Valentín se fue otra vez. Otro año más donde por un día podemos polarizarnos entre los lovers y los lover-haters (los también llamados grinch). Es el día de aquellos que aprovechan, aunque sea como única oportunidad en el año, para salir a las calles agarrados de la mano de sus parejas, comprar flores y regalar el globito que será exhibido orgullosamente. Las ventas de condones se disparan, los “telos” están llenos y tu Facebook se convierte en un foco de diabetes virtual por tantas fotos y corazoncitos. El amor está en el aire -y también en tu billetera.




Soy un lover-hater más que confeso. Año tras año esta fecha se convierte en una lucha contra el amor en el ambiente, contra las exhibiciones más clichés y más parametradas que puedan haber; la gran mayoría son salidas de las películas tipo chick-flicks, donde las pruebas de amor soñadas son refrendadas en las caras de las jóvenes mujeres para darles el mensaje de que esas son las cosas que deberían esperar de sus machos alfa. “Si de verdad te quiere, él [deberá]…”.


He pasado esta fecha tanto soltero como en pareja y, francamente, ninguna ha tenido un sabor diferente; sigue siendo un día más. Cualquier día puedes entregar un detalle, decir unas palabras o mostrar tu afecto hacia la gente que quieres. Ah, pero el 14 de todas maneras tienes que hacerlo y esforzarte. La presión social es enorme y aún mayor para los hombres. Ver a una mujer con un globo y flores nos lleva a pensar instintivamente que se los han regalado; ver a un hombre con las mismas cosas implica pensar que se las va a entregar a alguien. San Valentín pasó a ser la fecha donde socialmente estás compelido a dar algún regalo con alguna salida. Que la mujer no entregue algo, normal; viceversa implica tu muerte.




Algunos podrán pensar que muchos solteros nos oponemos a esta fecha porque precisamente estamos sin pareja. Como no estamos envueltos en la magia del amor, no tenemos con quien celebrar y nos arde ver al resto felices mientras otros caminan con saltos agarrados de la mano, rodeados de mariposas y con un enorme arco iris de fondo bajo el atardecer.  Pues no señores, a la gente como nosotros tanto algodón de azúcar nos empalaga, tanta cursilería artificial en un día es una bofetada a nuestro sentido común. ¿Qué celebran? ¿El día del amor y la amistad? Eso les dijeron que celebren, pero, ¿realmente saben por qué y para qué lo quieren celebrar? ¿Celebrar exactamente qué? ¿Y por qué justo en esa fecha?


Tanta muestra y exhibicionismo masivo degenera en una competencia improvisada de un día por demostrar qué tan feliz deseas aparentar que eres, por enseñarle al resto tus regalos, por decir “miren todos lo que me han dado y cuánto me quieren [y colabórenme con sus muestras de aprobación y admiración, por favor]”. Es un día que no está libre de envidia (yo también quiero lo que veo que tiene el resto). A algunos les viene la nostalgia, a otros la sensación de incomodidad por estar sin pareja. Estas cosas son contra las que nosotros los grinch nos manifestamos; preferimos ser auténticos y quedar como renegados sociales que hacer algo porque es “lo que toca”. No envidiamos, sólo observamos con compasión y displicencia cómo ustedes son contagiados por el virus de un día.  




Tal vez el mejor San Valentín sea el que no existe. Ese que se prolonga por 365 días, ese de la elección personal y no el de la presión social; ese que contenga tonterías de todos los días como palabras de afecto, abrazos y agradecimiento por el tiempo compartido; ese amor de los pobres de billetes que consiste en afecto humano; ese amor de los grinch de San Valentín, de los que queremos cuando nos nace y no cuando nos dicen que tiene que nacer.



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Schadenfreude:


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Monday, February 13, 2017

Schadenfreude: tu desgracia es mi progreso


¿Qué pasaría si descubrieras que tienes un lado oscuro que disfruta y siente placer de las desgracias de otros? ¿Cambiaría la percepción que tienes de ti mismo?


Pronunciado [shadenfroida]; del alemán schaden y freude; daño y disfrute, es el placer derivado de observar las desgracias o fallos de otros. Podría ser un símbolo de uno de los lados más macabros del ser humano, pero es más que eso. Un estudio reveló que los niños, seres puros y libres de pecado, pueden experimentar el schadenfreude a partir de los 24 meses de vida. Imaginar que un niño de 2 años pueda disfrutar de las caídas de sus amigos bebés o disfrutar de ver cuando su hermano le orina en la cara a alguno de sus padres es de locos, es de humanos. Estamos capacitados para encontrar disfrute en las desgracias de otros.




El schadenfreude surge como una respuesta positiva (o menos nociva que la frustración o amargura) frente a las situaciones de inequidad o injusticia de la vida. Disfrutamos de ver a otros caer porque lo consideramos “justo”, consideramos que de esta forma la desigualidad es más manejable. Esto lo vemos y experimentamos casi todos los días.


La gran mayoría de personas que hablamos español, hemos visto “El chavo de ocho”. Un ícono y estandarte de la comicidad en América Latina. Todos hemos reído y disfrutado cuando el Chavo, de pura piconería o envidia, cogía unas tijeras e iba a reventarle sus globos a Kiko, quien luego de quedarse boquiabierto, iba a su rincón a llorar. Hilarante, gracioso y tan “schadenfreudeano”… Y así operamos, incluso a nivel bioquímico. Cuando vemos a otros caer, se genera una reacción química que libera componentes que nos causan placer. Sentir disfrute ante los fallos o errores del resto, puede ser malo, sociópata o hasta indeseable, pero a la vez es humano.  




¿Aún tienes dudas? Esto va para ustedes, mujeres. Cuando una hermosa, alta, despampanante y escultural aspirante a Miss Universo se tropieza o cae en plena pasarela, no creo que piensen “uy, pobre, espero que no se haya lastimado”. Ni qué decir cuando ven a alguna de sus semejantes darle un beso al suelo luego de caminar toda torcida en tacones.


Los chismes, las noticias, los programas de “espectáculos” (entre comillas porque no sé si vender caca respecto a la vida de gente que no conozco tiene algo que valga la pena), todas esas cosas nos dan schadenfreude. Últimamente he observado en redes sociales que hay varias personas pidiendo que cierto expresidente (ahora prófugo) se vaya a la cárcel. Quiero pensar que como sociedad nos ha aflorado una vena moralista, de rechazo total hacia la corrupción, pero sería engañarme. Darnos de moralistas cuando como sociedad no respetamos las reglas, nos pasamos la luz roja (¡malditos peatones!) es como luchar con ahínco y desesperación por los derechos de los perritos y gatitos mientras disfruto de comer pollo, chancho y carne.


(Autor: Paweł Kuczyński)


Me pregunto si el querer ver a este expresidente tras las rejas es un verdadero sentido de justicia o simplemente el deseo de verlo caer luego de haber tenido una vida de excesos y parrandas con whisky; un deseo de “justicia”, de acercamiento hacia nuestras propias desgracias y carencias, porque queremos igualdad, porque no queremos ver que alguien tenga todo. Este personaje no tiene carisma, es chabacano, y para algunos, sumamente descarado. ¿Cómo no querer verlo en la cárcel, verdad? 


Sólo imagínenlo, con su glamoroso traje a rayas, diciendo “I’m innocent” y un tufo a whisky etiqueta azul. A su esposa acusando a los “pituquitos” o “lobbystas” del gobierno. Insumos excelentes para un nuevo sketch de comedia. Qué importa si realmente es culpable, qué importa saber si está siendo juzgado de forma imparcial, mucho menos conocer de qué se le juzga o qué tipos de delitos se le imputan. Esas son tonterías, queremos fotos de él esposado. Qué rico que los malos estén tras las rejas, ¿verdad? “Lo justo”. Así ya sabrán cómo nos sentimos nosotros, los que tenemos menos, los peruanos a los que nos robó. 


(Me preocuparía si es por estas cosas que muchos quieren verlo en la cárcel)


(Autor: Paweł Kuczyński)


Disfrutamos el morbo, desde ver cómo los famosos caen, hasta escuchar los chismes de tu compañero del trabajo. Tus memes, tus gifs de perritos cayendo las escaleras, tus burlas por las derrotas de un equipo grande… En mayor o menor medida, las cosas desfavorables que le ocurren a otros a ti te pueden causar disfrute.


Saber que existe algo como el schadenfreude nos permitirá conocernos más. Saber por qué reaccionamos como lo hacemos y qué tanto podemos ponernos a pensar en la situación de los otros, más allá de lo que diga la gente o tu propio entorno. Por lo pronto, cada vez que veas a ese gordito que le cae mayonesa de su “sanguchón” en su camisa, cada vez que veas a la señora antipática del micro tropezarse al bajar, o a la chica regia y guapa que se golpea la cabeza, ríe y disfruta de lo que les pasó. Agradece a miles de años de “evolución” que te dieron ese mecanismo para sobrellevar esta vida dura, injusta y sobretodo desigual: schadenfreude.


"El dolor se ve estupendo en otras personas"




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El amor en los tiempos del dinero:

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Saturday, December 31, 2016

Balance del año 2016


A puertas de fin de año, es inevitable hacer el corte arbitrario de los 365 días y ponerme a pensar en qué cosas he hecho y cuáles he dejado de hacer en mi vida durante el 2016. Revisando la agenda del celular puedo concluir que ha sido un gran año, lleno de logros, redescubrimientos personales, algunas decepciones y mucho aprendizaje.


¿Por dónde empezar? Recibí el 2016 viendo los fuegos artificiales callejeros en la puerta de casa de mi abuela, al lado de mi mamá y mi enamorada de aquél entonces. Pasaron los días y mi mamá viajó de vuelta; pasaron los meses y mi relación culminó. Con todo el pesar, dolor, sentimiento de culpa y nostalgia que ello conllevó, estoy tranquilo y agradecido con todo ello. Me permitió hacer pausa, pensar quién soy y las cosas que hago o dejo de hacer con las personas que tengo cerca. Es así que, después de muchos años, decidí tomarme un “año sabático” de las relaciones amorosas y pensar exclusivamente en mí, para sanar mis traumas y amistarme con mis demonios internos.


"Este soy yo todos los días porque estoy soltero y sin hijos"


Parte de dicho proceso fue “entrar en trompo” y experimentar la llamada crisis de los 30 al ponerme a pensar en qué carajo voy a hacer de mi vida. Al cierre del 2016 las respuestas no llegan; quedan muchos “no sé” y qué bueno. Dejaré que la vida me sorprenda, poniendo de mi parte en todo lo que haga. 


Este fue el año del crecimiento profesional y este fue el campo que más satisfacciones me trajo. Empecé a hacerme cargo de mis propios talleres, a dictarlos y a tener mucho mayor protagonismo en lo que hago. Manejé parte de un taller con 150 personas, algo que nunca me hubiera imaginado antes. Culminé un programa de Coaching financiero del cual era parte, continúo haciendo sesiones personales de Coaching y sigo haciendo todo ello con el mismo disfrute de siempre. Confirmé que me encanta mi profesión y gracias a este año borré cualquier rezago de duda sobre si soy bueno en lo que hago, sin dejar de lado el ser un eterno aprendiz. Me certifiqué como Conciliador Extrajudicial con Especialización en Derecho de Familia, prácticamente terminé mi segunda certificación en Coaching y tengo muchas ideas y proyectos por realizar. El haber pasado mi cumpleaños en un taller fue un regalo adecuado. Y así como este fue el año del crecimiento profesional, este también fue el año de los matrimonios y los embarazos (felizmente no estoy involucrado en ninguno). Asistí a 3 matrimonios y cada vez son más las fotos de ecografías que invaden mi Facebook.  


El futuro de mis amigos...


2016, me dejas muchas grandes cosas: reencuentros con personas que no veía hace tiempo, mejores relaciones con amigos y el haber conocido a mucha gente buena. Estoy más que satisfecho con mis amigos, con los familiares que parecen mis amigos, y con las relaciones personales que tengo. Sigo siendo la misma persona olvidadiza que piensa más veces el “voy a llamar a X para saber cómo está” que el número de llamadas que realiza, en mi vorágine mental, siempre los recuerdo. Por otro lado, si bien aún no aprendo a bailar ni a montar bicicleta, si bien aún no practico escalar en palestra ni me voy de viaje, me quedo con un nuevo hobbie: el crossfit.


Nunca he sido devoto de hacer resoluciones para el año nuevo. Las cábalas me hacen sentir en un plano mental superior a aquellos que las practican sin estar dispuestos a hacer algo nuevo o diferente, y hacer promesas para el 2017 me hacen preguntarme ¿para qué esperar y no hacerlo ya? Como dije, se trata de un corte arbitrario. La vida continúa y lo único que cambiará será el último dígito del año. Me gusta pensar que es un año menos en lugar de uno nuevo. Más allá de fatalismos y alarmismos porque la vida sigue corriendo, porque envejecemos y la posibilidad de tener metas o sueños no cumplidos es mayor, al saber que es uno menos me hará valorar más los que vienen, los que quedan...


Gracias 2016; bienvenido 2017…




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Estables vs. Soñadores (I):

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Sunday, November 20, 2016

Estables vs. Soñadores (I)


Imagina levantarte de lunes a viernes a la misma hora, ir al baño a lavarte los dientes, regresar a tu cuarto a cambiarte, tomar desayuno con un ojo mirando el reloj y pendiente de la hora. Imagina salir todas las mañanas a pelear contra el tráfico de inicio de día, ya sea detrás de un volante o abordando una unidad de transporte público, durante media hora o una hora si fuera el caso. Llegas a marcar tarjeta, para luego esperar la hora del almuerzo y calentar tu comida o ir a ver qué prepararon de menú. Pasado el almuerzo es hora de luchar contra el sueño de la digestión y esperar la hora de salida. Ya es casi de noche, y probablemente es momento de ir a casa para descansar. Mañana tocará hacer lo mismo, hasta que llegue el fin de semana. Y así llegará el fin de mes; hora de recoger esa cantidad de dinero por la cual estás intercambiando tu tiempo y tu energía. Y así sucesivamente, durante varios años. Esa jugosa jubilación estará cada vez más cerca.


Hora de empezar...


Escuché una frase que decía que “el cerebro trabaja desde que se levanta hasta justo antes de llegar al trabajo”. Por algún motivo me gustó y la recordé. Y es que nunca apunté a tener un trabajo con un horario fijo de lunes a viernes, a cambio de un pago mensual. Por supuesto que he pasado por ello, y si bien tiene muchas virtudes, la “estabilidad” nunca fue algo que haga que busque asentarme en un lugar ni visualizarme haciendo lo mismo durante años.




Creo que en gran medida se debe a que crecí viendo un modelo diferente. Mi padre pasó muchos años de su vida llevando un trabajo “estable”. Salía muy temprano de casa y retornaba en la noche a descansar para iniciar la misma rutina al día siguiente. En mi mente infantil de aquel entonces, esto era lo normal, no tenía otro modelo además de ese. Luego, por distintas situaciones, mi padre pasó a trabajar en un rubro diferente, pero esta vez como independiente. Más allá de las premuras económicas que esto conllevó, siempre tuvo un valor enorme para mí el ver que era dueño de su agenda, el ver que había días donde podía pasarlos trabajando desde casa, o salir a unas cuantas reuniones para luego volver. Cada día era diferente, en cuestión de horarios, obligaciones y compromisos. Vi ese “modelo de vida” y encajé inmediatamente con él. No me extraña esto ahora. Mirando lo que fue mi vida (y la de todos, excepto de dos personas que conozco que se educaron en casa), desde que tengo uso de razón todo ha sido una rutina. No trabajaba, pero tenía que ir al colegio de lunes a viernes, en los mismos horarios, siguiendo el mismo camino de ida y de retorno. Esto ocurrió durante los 11 años de colegio (uno o dos más si por ahí alguien fue repitente). Naturalmente, a mis 17 años, ya estaba podrido de las rutinas y al ver que mi padre tenía un “modelo laboral” diametralmente opuesto al que mi vida conocía, decidí que eso era lo que quería para mí también: trabajar desde casa, de forma independiente, manejando mis horarios y teniendo cada día diferente al anterior.




Por supuesto que todo quedó en pensamientos porque también pasé un tiempo breve trabajando de manera “estable”. Es curioso que, al recordar estos eventos, más sentido me haga la frase de líneas arriba, porque no recuerdo al detalle aquellos días donde mi mente se apagaba al llegar al respectivo “laburo”. Claro que tuve buenos momentos, muchas anécdotas y por ahí algunos amigos, pero de alguna forma sentía que ese sueldo a fin de mes me hacía perder algo más de lo que podía ganar.  


No pretendo dar el mensaje de que está “mal” o que trabajar bajo rutinas y horarios fijos sea lo peor de este mundo. Conozco a muchas personas que vienen trabajando bajo este sistema durante años, y están satisfechos con ello. Simplemente creo que no es lo mío. Hay cosas que ni MasterCard puede comprar, y es la sensación de libertad. Pero, para no ser injusto con el modelo “estable”, enunciaré algunas ventajas que pueden venir a mi mente: (…)



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Psicosis de los 30:

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Balance del año 2016:
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Sunday, November 13, 2016

Psicosis de los 30


Hola, me llamo Alonso, peruano de nacimiento, signo Géminis, coach y tengo 30 años…


Desde hace unas semanas, hay una pregunta que me rodea la mente de forma constante. Esta pregunta y las cuestiones que le siguen han logrado que me “cuelgue”, que me desconecte de la realidad y me traslade a un mundo abstracto de ideas sin ilación, con gotas de paranoia y alucinaciones. Creo que no es la llamada “crisis de los 30” porque al menos encontré lo que me gusta y me dedico a ello; no ando frustrado por no haber alcanzado mis sueños, ni tengo que aguantar a un jefe maltratador para conservar el trabajo. No tengo que dormir al lado de una esposa que no quiero, y cuidé mi cuerpo, por lo que no tengo hijos firmados o no firmados por alimentar. La pregunta en cuestión es “¿qué me depara la vida en los siguientes años?”




Pareciera que la vida te pone en la dicotomía de elegir estos caminos: el de la familia propia o el de la soltería adulta. El primero consiste en decidir si deseo convertirme en padre y “sentar cabeza” (porque es lo que ya toca, según muchos). El segundo camino es si deseo vivir mi vida en soledad. A veces me pregunto cómo sería vivirla como uno de mis ídolos de ficción, el Dr. Christian Troy de Nip Tuck: un hombre adinerado, con éxito profesional, que tiene a todas las mujeres que quiere; atormentado por dentro, incapaz de iniciar una relación por temor a ser lastimado; un no-humano, tan detestable a quien no puedes odiar sino admirar en una forma correctamente incorrecta.


Christian Troy


En mi vida, aparte de lo que hago que es coaching, no tengo claro qué es lo que quiero. No tengo un ambicioso plan para cuando tenga 35 o 40 años; en mi condición de soltero, no sé si quiero casarme o tener hijos (no puedo construir individualmente cosas que requieran de dos personas). Creo que quiero viajar más, hacer cosas diferentes, pero a veces no… Estoy en un punto de confusión y constante cuestionamiento sobre el orden normal de la vida, de las cosas. Nunca me identifiqué con el proceso de estudiar-trabajar-matrimonio-mantener hijos-jubilación. Pienso que en la vida hay muchas más cosas que el trabajar, que el llegar a fin de mes por dinero y es en esa búsqueda del qué, en la cual he estado últimamente. He parecido marino navegando en las Antípodas de mi mente. He tenido bloqueos mentales, subidas y bajadas de ánimo y es la primera vez que no tengo claro hacia dónde ir, lo que significa que las respuestas estarán por llegar.



"¿Hacia dónde voy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Cuál es el significado de la vida?"


No todo es tinieblas; siempre he confiado en las causalidades de la vida, en las etapas y procesos que se componen de nuestro día a día. Felizmente ya encontré el “para qué” de mi vida: ayudar a los demás. Desde ahí empezaré a construir. Conversaba de estas cosas con una amiga, con quien tengo química por pensar de formas muy únicas en algunos aspectos. Su conclusión fue sencilla y poderosa: “no quiero no vivir”. A partir de eso, seguiré labrando mi camino hacia el destino (aún) desconocido. 


“¿Qué es la vida? Un frenesí…”


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Mi amigo Benito:

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Estables vs. Soñadores (I)

Friday, October 28, 2016

Mi amigo Benito


Hubo una época en la que no sabía qué hacer con mi vida. Era el año 2010. Estaba a puertas de graduarme de la universidad y tenía claro que la vida de abogado no era lo que quería, pero era una gran incógnita a lo que quería dedicarme. Una carrera jugando videojuegos desde la comodidad de mi hogar no era posible, así que, aprovechando mi calidad de residente en Estados Unidos (o sea, como peruano con Green Card - “¿manyas?”), cogí mis maletas, vacías de sueños y ambiciones, y me fui a encontrar con mi madre; fui a buscar futuro y a buscar respuestas para mi vida.


Para construir el “sueño americano” (que en realidad debería ser llamado sueño estadounidense), es necesario tener plata, tener “guita”, “fichas”, “washingtones”… Cual muchacho que sale del colegio y no sabe qué estudiar, empecé a trabajar, a producir. Caí en un restorán de comida italiana.




Se llamaba “La Veranda”. Un lugar muy simpático, que más parecía una dependencia de las Naciones Unidas por la cantidad de diversas nacionalidades que había entre los empleados: griegos, brasileños, haitianos, peruanos, estadounidenses, argentinos, un colombiano, un boliviano, un filipino, un español, y por supuesto, italianos. 


Alguna vez me dijeron que para trabajar en un restorán había que estar loco, porque sólo los locos aguantarían un trabajo así. Debo haber tenido algo de locura en aquel entonces porque encajé muy bien en ese mundo, el cual recuerdo con mucho cariño.


Benito, un menudo español cincuentón, con corte ochentero y con un marcado acento de la Madre Patria, el cual años hablando inglés no pudieron menguar, fue uno de los primeros en darme la bienvenida. Escucharía repetidas veces este saludo, muy típico de él, particularmente por la forma de pronunciar mi nombre: “[Alonsho], ¿qué cuentas? ¿Todo bien?”.


A mi amigo lo recuerdo como todo un personaje. Original de Galicia, amante del fútbol (fervoroso y verdadero hincha de ese otro equipo de la ciudad de Madrid: Atlético de Madrid), era todo un caballero y maestro en el arte de servir… porque servir a otros es un privilegio de pocos, algo que es muy distinto a ser servil. Su metro sesenta y pasos cortos le daban ese andar particular que hacía confundir los ambientes del restorán con una pista de baile. Sus cánticos gallegos, acompañados de palmadas, emulando el sonido de castañuelas, eran su sello de fábrica, pero nada más peculiar que su “joder, macho” o su automatismo para responder “shi” a todo. Me volví asiduo imitador de estas palabras, como buen “sudaca” seseante.


Sólo en esta ocasión le atinó con la nacionalidad...


De Benito aprendí mucho: desde servir una botella de vino, a estar tranquilo en momentos de rush y, sobretodo, a disfrutar de mi trabajo con una sonrisa. Al chaval nunca lo vi molesto ni tensionado, y era uno de los mozos más solicitados por los clientes. Él no servía mesas, él brindaba experiencias.


Los momentos más graciosos eran antes de abrir, cuando Benito conversaba con uno de los dueños, el Sr. Piero, y le bromeaba respecto a las cosas que hacían los italianos o cuando, al ver a un negro en la televisión, decía en voz alta que seguramente ese era italiano, para luego preguntarle, para incredulidad de Piero, de qué parte de Italia era. Luego de las charlas sobre italianos, siempre se dirigía a su “oficina”, la cual estaba ubicada en la salida trasera del restorán, donde siempre se apoyaba con una pierna en alto sobre alguna caja de vino que iría a la basura, a fumarse un cigarro.


Era el año 2012 y ya sabía lo que quería hacer con mi vida. Había decidido volver a mi tierra, a convertirme en coach y hacer patria. Mi vida en “La Veranda” terminaba, era hora de volver y dejar atrás un estilo de vida, rutinas, amistades y muchas anécdotas. Siempre recordaba a mi pequeño amigo a través de su equipo: el Atlético de Madrid. Imaginaba cuánta alegría estaría sintiendo al ver, por fin, al equipo de sus amores, campeonar La Liga, luego de tantos años de fracasos, frustraciones y de amor masoquista.





Hace unos días me llegó la noticia que Benito había fallecido. No fue algo inesperado pues ya venía delicado de salud desde hace varios meses, haciéndole frente a una enfermedad. Su proceso y decaimiento fueron largos, lentos y dolorosos. Benito ya no era el mismo, parte de sí se iba esfumando poco a poco entre los medicamentos y tratamientos. “Benito ya se fue, ya descansa” me dijo mi mamá. Me limité a asentir en silencio a través del teléfono. Una parte de mí sentía alivio por él y otra parte empezaba a recordar anécdotas sobre él. Lo veía jovial, alegre y cantando. Es así como deseo recordarlo.


No tuve la oportunidad de despedirme de ti, chaval, pero estoy tranquilo. En mi memoria siempre te mantuviste en tu mejor versión. Seguramente ahora estarás cantándole al de arriba alguna de esas canciones gallegas cuyas letras nunca pude aprenderme o quién sabe qué. Estoy seguro de que ya estás en un lugar mejor. Ojalá estas palabras en tu honor te lleguen en forma de buenas vibras y energía. 



Hasta pronto, macho. Muchas, muchas gracias por todo.



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Cacareando huevos


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