Sunday, September 11, 2016

Volver a empezar


Toda maratón inicia con el primer paso, todos los grandes cambios empiezan con una idea y una acción para llevarla a cabo. Mi retorno a escribir comienza con este post, luego de varios meses y luego de más de un año después de haber perdido la batalla contra la vida adulta y la poca organización personal de tiempo. Me niego a agachar mi humillada cerviz por convicción y también porque me he establecido públicamente metas de aquí hasta febrero del siguiente año. Me puse la soga al cuello; en palabras de mi madre “lo haces porque lo haces”.


Otra vez...


Han pasado muchas cosas desde la última vez que escribí. Hubo muchos cambios personales y otros tantos acontecimientos. Material no me va a faltar. De todas estas, empezaré por la que motiva mi regreso silencioso al mundo de los escribidores de blogs.


En agosto inicié una segunda certificación de formación en Coaching. Si bien mi corazón de coach sigue bombeando sangre de la EPG-USIL (Escuela de Postgrado de la Universidad San Ignacio de Loyola) por ser mi cuna en esta profesión, llegaron a mí noticias sobre un nuevo programa de certificación, el cual decidí tomar sin tener claro cómo iba a afrontar las responsabilidades que ello involucraba. Uno de los tantos componentes de este programa requiere que los participantes se fijen metas con miras a febrero, como fecha máxima. ¿Qué metas me propuse? Las alternativas ganadoras fueron las siguientes:


1)     Publicar semanalmente, todos los domingos por la noche, una entrada de mi blog o un artículo sobre Coaching, indistintamente: así es, me acordé de que tenía un hijo, de que lo engañé vilmente diciendo que le iba a hacer caso semanalmente, sólo para que pase al olvido. Vi lo de las metas como una buena oportunidad de voluntariamente ponerme presión (más de la que yo mismo me pongo sobre mis hombros a través de mis retorcidos estándares mínimos). La primera meta consistirá en hacer lo de hoy durante 22 semanas de forma sostenida.




2)     Terminar mi trabajo final del Programa de Coaching y Liderazgo de la USIL: ¿alguna vez has dejado algo para el último por considerarlo tan sencillo, que nunca siquiera lo empiezas? Sí, volvieron mis tiempos de universidad, donde tienes, por ejemplo, 3 meses para hacer un trabajo y terminas haciendo todo la noche anterior, recriminándote por no haber empezado antes, sometiendo tu cuerpo a niveles de stress y adrenalina extremos pero sintiendo ese rush adictivo de que podrás terminarlo. Efectivamente, lo terminas y llegas desgreñado a la universidad a entregar las 100 hojas de tu trabajo para luego intentar recordar tu nombre o dónde vives, gracias a la ausencia de descanso. Todo esto, al módico precio de una amanecida, ojeras, disfunciones mentales temporales y envejecimiento. También en mi caso, llevo aplazando este trabajo al menos un año. Quiero terminarlo antes de que Perú vaya al Mundial de Plutón.


3)     Adelgazar 5 kilos, alcanzando un peso de 74 Kg. (y tener un estado físico similar al de Derek Vinyard en Historia Americana X): esta de lejos es la más vanidosa, pero deseo creer que es por salud. Nunca he tenido un cuerpo atlético, pero tampoco he sido “esponjoso”. Usaré esto de las metas para estar en mejor estado físico; me haré más seguidor y disciplinado de los programas funcionales (Insanity con su dig deeper), haré mis planks al despertar y recortaré mis raciones de chifa. Nada pierdo intentando. Mi entorno, conformado por mis amigos y sus cuerpos señoriales, me dice que no es tan importante estar fit, pero algo en mí se niega a ser parte de la creciente obesidad mundial. Está de más decir que no me tomaré ni colgaré fotos haciendo la finta de que hago ejercicio o una foto de mi abdomen, pecho o espalda. Citando algo que vi en Facebook: Gokú entrenó duramente para salvar el mundo y nunca publicó cojudeces como “aquí en el gimnasio”, “listo para darle…”, “empezando la semana con todo”. Y no, no es que la ropa te haga ver gordo…


Derek Vinyard

¿Para qué cuento todo esto? Pues para tener un gran recordatorio; para tener el apoyo de los crédulos y las burlas de los incrédulos. Como buen alumno estudioso que nunca fui, ya tengo anotadas mis estrategias y horarios. Sólo queda hacerlo, sólo queda dar ese primer paso con miras al futuro. Escribo para decirme que volveré a escribir, para decirle a mi legión de seguidores de este blog (a mis 4 gatos) que todos los domingos habrá una entrada nueva. Si les gusta, habrán empezado la semana leyendo algo distinto a asaltos, robos y farándula; y si no les gusta, recomienden estas entradas a sus enemigos para que pierdan el tiempo como ustedes.


¿Cómo lograré todo esto? Tampoco tengo idea… Sólo sé que lo intentaré y me adentraré al reino del futuro, al reino de lo ignoto. Lo más imporante es que disfrutaré del camino, algo que me ha sido esquivo durante mucho tiempo. 


¿Te animas a ir por tus propias metas?



* Entrada anterior: 

Porque [no] creo en ti…



* Siguiente entrada:


Taxonomía de mis amigos de Facebook (I)


Saturday, May 28, 2016

Porque [no] creo en ti...


No es secreta mi indiscreta apatía hacia la selección de fútbol. Si había algo sobre lo que pudiera escribir de forma cómoda, sencilla y rápida -ideal para agarrar el impulso necesario de revivir a este hijo después de 6 meses [http://el-silencio-escrito.blogspot.pe/2015/10/mi-hijo-olvidado.html], es el fútbol. No pretendo volverme opinólogo de fútbol ni tampoco publicar alineaciones que llevarán a Perú al Mundial o críticas post-partido. Con la Copa América Centenario a puertas (ojo, diferente a la Copa América del año pasado), y más interesado y expectante por la Eurocopa que se jugará en Francia, busco responderme algo simple: ¿por qué diablos no apoyo a la selección nacional de ''julbo''?  






Como cualquier hinchaje en la vida, debes tener algo que te guste o te jale del equipo al que apoyas; bien sea porque tu papá te llevó al estadio de pequeño, porque te dijeron desde que tienes uso de razón que dicho equipo es el ''mejor'', porque todo tu círculo de amigos y familiares son de determinado conjunto o porque simplemente no lo sabes y disfrutas el deporte, siempre hay ese algo que te acerca o te aleja de algún equipo. En mi caso, soy hincha confeso de la 'U' (porque la 'U' es la 'U'), del Bayern Munich (mucho antes de que Pizarro juegue ahí) y desde hace unos dos años, del Borussia Dortmund (por el tipo de juego y la historia del club). Todos estos equipos tienen algo que me gusta, con lo que me identifico y es algo que no siento respecto a los 11 fulanos que salen al campo de juego a decir ''vamo', vamo' a ganar carajo, Perú, campeón''. 



¿Por qué ellos sí y nosotros no?



Para mí, apoyar a la selección por el simple hecho de ser peruano, es como ser la mamá del niño feo en un concurso de belleza: lo apoyas porque bueno, qué te queda; es lo que se ''debe hacer''. Será la falta de carácter, la falta de compromiso o tener la sensación de que cualquiera que tenga un par de partidos buenos ya es seleccionable. No aprecio amor propio y orgullo por estar ahí, ese deseo de salir a ganar, de comerse la cancha, como se dice. Veo más amor propio en un aguerrido paraguayo, en un incansable uruguayo o en un picón argentino. Cuando pierden peleando, ¿qué se les puede exigir?


Naturalmente que cuando juega Perú no me es indiferente pero para mí se trata más de ver el partido por observar las reacciones e ilusión del resto. Soy tal vez una de las personas más apáticas para ver un partido de la selección porque no los vivo; no me frustro cuando pierden ni me alegro cuando ganan. Digo ''gol'' cuando la pelota va a entrar a cualquier arco y hay cierto disfrute en fastidiar a algún hincha diciendo que simpatizo con el juego de Chile por la entrega que tienen, como si decir que me gusta cómo juega Chile me convierta en un traidor a la patria.


Felizmente, ello no me hace más ni menos peruano que el más ferviente hincha de la selección. Soy tan peruano como todos ustedes, no tanto al nivel de un dedicado policía o miembro de las Fuerzas Armadas pero sí tanto como cualquier hincha mortal del fútbol. Mi amor hacia mi país no se refleja en un deporte y creo que como país y sociedad tenemos un enorme talento y potencial, a veces aprovechado y otras tantas desperdiciado. Como sociedad, pienso que somos alegres, hospitalarios, acogedores y bastante creativos; luchadores, emprendedores y optimistas. Estas cosas no las veo en el fútbol, por lo que no me siento representado en la selección. 






Es cierto, nunca vi a Perú en un Mundial, ni lo vi levantar trofeos (que tampoco hayan sido muchos en toda la historia). No he visto a Perú en sus mejores momentos. No vi a la selección que inspiró esa canción ya anacrónica "Perú campeón'' ni a la frase ''qué bonito juega Perú''. Me tocó ver el 7-0 propinado por Brasil, ver el 4-0 en Santiago, agachando la humillada cerviz y varias derrotas en condición de local, mediando escándalos extradeportivos y el sectarismo ''fachón'' de los 4 Fantásticos.


No tengo grandes pronósticos para las siguientes semanas. Pienso que le ganarán a Haití, que después del partido la prensa creerá que seremos campeones del mundo, y que unos días después Ecuador nos dará una cachetada a la realidad, como ha venido pasando durante tantos años. No ''nos'' deseo el mal ni el fracaso, aunque tampoco una eventual victoria del torneo me hará sentir parte del triunfo ni que corra a comprarme la camiseta (Luis Miguel dijo ''Sueña'', ya pues, soñaré). Es muy fácil subirse al bus del ganador (Champions League, ¿alguien?) y lanzar huevos en los momentos malos. 



Uruguay 1950



Me mantendré al margen de ellos, de nosotros, en las buenas y en las malas, hasta que encuentre ese algo, ese no sé qué que despierte mi deseo de entregarles mis emociones y mis deseos de leer sobre hazañas y logros, mi deseo de alegrarme con ellos y de sufrir juntos; aunque sea una centésima parte del valor y entereza de un Uruguay de 1950 o de ese amor propio de un Liverpool del 2005. Por lo pronto, no lo veo, no lo escucho ni lo siento. 


Editando la canción publicitaria, nos deseo lo mejor... 


''Porque [no] creo en ti, vamos, vamos Perú"...




P.S.: gracias a los 4 gatos que me preguntaron por mi Blog y si volvería a escribir. Un caluroso y amoroso ''miau'' para ustedes.






Thursday, December 24, 2015

Cuando sean las 12...


            Tengo muy claro lo que deseo hacer cuando sean las 12 y se reciba la Navidad. Lo primero que haré será coger mi celular y publicar un profundo mensaje de paz y amor para todos mis contactos. Después de ello, me convertiré en Papá Noel y regalaré likes a todos aquellos que publiquen mensajes hermosos por esta fecha. A las personas que más quiera, les dejaré un comentario y muchos dibujos de arbolitos y caritas felices. De todas maneras “Puchín”, ese gato color plomo rata, gordamente lindo, estará ahí.


Después de eso, le tomaré fotos al arbolito y a todos los regalos que estén debajo de él. Empezaré a tomarme selfies con los miembros de mi familia, y los etiquetaré en las publicaciones que inmediatamente haré, en las cuales les desearé una muy feliz Navidad y un año 2016 lleno de paz, esperanza, éxitos y mucha felicidad.


Cuando sea el momento de comer el exquisito pavo y chancho, le tomaré otra foto, y compartiré con todos ustedes lo rico que se ve. Agradeceré en mi muro, a mi abuela por cocinar tan rico y de paso le mandaré un mensaje de gracias al panadero que con sus gráciles manos cocinó nuestro pavo en su horno; más gracias a las chicas de Tottus que prepararon el rico puré de manzanas y camote, y un mensaje de esperanza a todos los pavos del mundo, que se inmolaron para que mi familia y yo podamos disfrutar de este día tan feliz y tan lleno de paz y buenaventura. A todo aquel interesado que comente mis fotos les daré todos los detalles. Ante comentarios profundos como “qué rico, amix”, responderé con un like y una descripción detallada de ese momento familiar.


Cuando sea hora de abrir los regalos, me tomaré otra foto con mi regalo y compartiré con todos ustedes las cosas que he recibido en este día. Después, viene la foto donde le agradezco a la persona que me dio el regalo, y otra del preciso momento donde abre el suyo, con respectivas publicaciones en su muro; es lo mínimo que puedo hacer.


Es que de eso se trata la Navidad, de compartir, de disfrutar con la familia, y de contar a todos lo que hago, lo que como y lo feliz que soy en estas fiestas. Dejaré de lado algo tan efímero y trivial como el abrazo de mi madre, que viajó para estas fechas, los saludos de mi familia y sus buenos deseos. Al final de cuentas, esas cosas son pasajeras, pero un like es eterno.


Prepárate, celular. Cuando sean las 12, esparciremos el espíritu navideño. Mi mamá, abuela, hermana y tíos pueden esperar. 


Gracias, tecnología. Creo que sin ti la Navidad no sería igual. Sería un simple humano que no comparte sus alegrías con todos sus contactos. 


Sin más que decir, nos vemos a las 12, ustedes ya saben dónde. Aquí va un mega like para todos ustedes.






Feliz Navidad... 








Monday, November 16, 2015

La vida en molde


            “Estudia mucho para que saques buenas notas”. “Tienes que elegir una carrera que te dé plata”. “Los abogados ganan lo que quieren”. “Tienes que darle duro y parejo al trabajo”. “¿Y cuándo te casas?”. “Ya estás en edad de tener tu chibolo”. “Apura que se te pasa el tren, ya no eres una jovencita de 20 años”.


Estas son algunas frases que me vienen a la mente cuando pienso en las distintas etapas del ciclo de la vida. Algunas me las han dicho, otras las he escuchado (la de jovencita, obviamente). Pareciera que la vida está parametrada desde que vienes a este mundo. Las excepciones siempre aplican y nada en contra de dedicarle 15 o 20 años a una misma actividad, en un mismo trabajo. Mi inquietud va hacia todo aquello que se puede dejar de lado por hacer lo que estás supuesto a seguir haciendo. ¿Dónde queda lo que te hace feliz? ¿Qué cosa harías si no tuvieras que preocuparte por dinero?


Esclavitud - Esclavitud moderna


Si estás en el colegio, te toca estudiar y sacar buenas notas (porque tener notas bajas es malo, y ser “inteligente” es bueno); cuando creces y estás a punto de pasar la barrera de los 17 y recién empiezas a pensar en todas las salidas y nuevas aventuras que te esperan en la vida adulta, te informan que tienes que pensar en qué estudiar (porque no tienes tiempo que perder). Lo que te gusta está bien pero si no da plata, descártalo. Tienes que elegir algo que te dé de comer. Ya en la universidad, más estudio y presiones te esperan. Ahora escuchas que si no sacas buenas notas nadie te dará prácticas y no serás un buen profesional. Cuando consigas trabajo, agradece que tengas uno. Ahora podrás tener un sueldo y a fin de mes comprar tus cosas para aportar a la casa y subsistir…


Cuando llegues a los veinti-muchos, ponte ya a pensar en irte a vivir con alguien y tener tu hijo, porque es lo que ya toca. Si eres mujer, apura, que “se te pasa el tren”. Ahora, sigue trabajando para darle educación a tu hijo, para pagar tu alquiler, para estudiar una maestría (tu título ya no es garantía ni te hace competitivo). Si tu trabajo no te gusta, estás harto del horario, de tu jefe, de tus compañeros de trabajo, qué importa; te da para vivir; la calle está dura y hay que seguirle dando. Por ahí podrás darte un día de descanso, si es que no hay que trabajar. Casi no ves a tu familia, pero qué importa, hay que seguir trabajando y produciendo para poder comprar y subsistir; total, eso es parte de la vida adulta y todo el mundo lo hace.


Un día más...

Pasan los años (los cuales para ti pasan cada vez más rápido, a pesar de que los días sigan teniendo 24 horas y los años 365/366 días), tu hijo ya termina el colegio. Es hora de ponerte a pensar cómo vas a pagarle la universidad (porque tiene que ir a la universidad, quieres que sea alguien en la vida, así como tú). Después de todo ¿para qué te rompiste el lomo tantos años? ¿Para qué lo presionaste tanto con sus notas y con que consiga los primeros puestos?


Tu hijo empieza la universidad y sigue tu sabio consejo de elegir qué hacer en función de lo que le dé para vivir. Tu hijo ya terminó la universidad, ya es un profesional. Puedes inflar el pecho el día de su graduación. La hizo, la hiciste. Ya cumpliste con él. Ahora que él vea qué hace. Es hora de pensar en ti, para tu vejez.


Viviste tu vida “como se debe”. Te convertiste en profesional, tuviste tu familia y tienes muchas comodidades. Probablemente ya eres abuelo y podrás disfrutar de tu pensión de jubilación, el producto de tantos años de esfuerzo y sacrificios.




¿Cómo sería la vida sin la presión de ganar dinero? ¿Cómo sería trabajar “por gusto”, dándote tiempo para ser feliz y disfrutar de las cosas sencillas de la vida? ¿Cómo sería tener tiempo para no hacer nada o para sentarte y sentir tu respiración? Si tu respuesta es desempeñar el trabajo al que te dedicas actualmente, felicidades, estás en el cielo.


Suena a locura, y tal vez sea hora de dejar de escribir tonterías. Estar ocupado es bueno, tener trabajo y posición es lo máximo. Buscar la felicidad y hacer lo que te gusta es para hippies y vagos. Terminó mi hora de almuerzo. Me voy a trabajar (y a intentar ser feliz con las cosas que me compre a fin de mes)... 


P.S.: 

Un corto para reflexionar: "El empleo"

Altamente recomendado: TED - "How to find and do work you love"



Tuesday, November 3, 2015

Mi experiencia Vipassana (III)


No hay mucho qué decir de los días 2 y 3. Ya había recuperado algo de cordura, y si bien mi mente seguía cantando a diestra y siniestra, sus revoluciones bajaron. El silencio se me hacía más familiar y el dolor de cuerpo era más soportable; los días eran más tolerables. Una vez que acepté la realidad que me esperaba los siete días restantes y dejé de añorar lo que no tenía, todo fue más sencillo. Me sentí agradecido por cada plato de comida que recibía; agradecido por tener personas que nos estaban sirviendo y agradecido con la vida. Cuando empecé a disfrutar de lo poco o mucho que tenía en ese momento y dejé de pensar en lo que me faltaba, en lo que no tenía, todo a mi alrededor cambió.Pude disfrutar salir en las noches a la entrada del lugar a respirar y observar cuidadosamente la nada...




Al finalizar el día 3 nos informaron que a partir del día siguiente íbamos a tener un tipo de meditación diferente a las anteriores. La consigna de ésta era mantener la misma posición, sin mover las manos o los pies durante una hora continua. El objetivo: trabajar la firme determinación, la constancia… Ya me habían comentado de este “reto” antes, y no quería irme sin lograrlo… Hasta ese día no había podido mantener una misma posición durante más de diez minutos. Y así, me fui a mi cuarto pensando en cómo lo iba a hacer. Era hora del autoabrazo de felicitación del día y hora de dormir. Antes de cerrar mis ojos, me di ánimos para el día siguiente y lograr el mencionado reto.


Día 4, el mismo despertar, la misma sensación y, extrañamente, sin sueño. La primera jornada del reto empezaba después del descanso post desayuno… Fui a Vipassana sin saber qué encontrar, tampoco buscaba algo. Fui por la experiencia y en un plan de “a ver qué pasa”. Con esa ingenuidad e ignorancia decidí permanecer 10 días ahí. Mi recompensa y lo que marcó toda la diferencia, vino en el día 4.  




Al iniciar la meditación/reto, colocaron un audio con cánticos en hindú antiguo, a la par de las instrucciones sobre áreas de tu cuerpo en las cuales enfocarte para buscar sensaciones. Empecé bien pero al pasar los minutos, sentía un poco de dolor y posterior adormecimiento. Estas sensaciones, combinadas con las del audio me empezaron a generar -no sé por qué- un marcado fastidio y rechazo a todo; el audio lo sentía insoportablemente repetitivo, estaba harto de los cánticos y sus alaridos; enfocarme en puntos específicos de mi cuerpo, cuando mis piernas y mi espalda estaban siendo torturadas, era frustrante. El fastidio pasó a convertirse en cólera con calor, en energía que te quema el cuerpo. Mis manos empezaron a cerrarse con rabia; tuve un mal sabor de boca y todo iba en aumento… Apreté fuerte mis manos, como cuando sientes una profunda impotencia e injusticia… Pasó por mi mente el darle un puñete al piso, levantarme y mandar todo al carajo. Y justo cuando todo eso llegó a su punto más álgido, como un globo que está a punto de reventar, toda esa cólera, frustración, molestia e incomodidad, todo eso, se desvaneció como un suspiro…




Hasta ahora no sé qué ocurrió ese día. No sé de dónde salió esa cólera, esa rabia, pero creo que era algo oculto, muy escondido. A partir de ese día murió algo de mí, se evaporó… Lo mágico de todo esto es que a partir de ese momento me sentí ligero, en paz, y estas son sensaciones que me acompañan hasta el día de hoy. Hace tiempo que dejé de preocuparme por encontrar respuestas o causas a todo. No sé por qué o para qué tuve esa cólera guardada pero ya no está y me siento muy bien, más en calma, con mayor libertad.


En aquella ocasión, no conseguí mantener la postura durante una hora. Creo que resistí durante 45 minutos y luego tuve que moverme porque ya no sentía la mitad del cuerpo. Lejos de frustrarme, terminé esa meditación muy feliz, y hasta ahora sonrío cuando recuerdo dicha sensación de libertad, holgura y plenitud. El reto lo cumplí por primera vez en el día 7. Pude repetir la hazaña en los días 8 y 9.




Todo empezó a cambiar de forma a partir de ese día. La comida vegetariana era sinónimo de manjar y disfruté cada bocado como si fuera el primero. Empecé a ver a mis compañeros con cierto brillo, a verlos en grandeza. Los rostros, que en un inicio eran tristes y desesperanzados, pasaron a ser más neutrales y por momentos alegres. Creo que cada uno empezó a encontrar su propio espacio de paz y plenitud. Las meditaciones se hacían menos tediosas y el audio que en un momento llegué a detestar, me pareció ameno y hasta melodioso. Las cosas seguían igual, sólo cambió mi forma de apreciarlas.


Quedaban 6 días y el curso no terminaba pero ya sentía como si hubiera campeonado…


Friday, October 30, 2015

Mi hijo olvidado


Tengo un hijo y lo están viendo. Nació aproximadamente en marzo y en sus cortos meses de vida ya sufrió mi total abandono y desatención. Considero que empecé bien, dándole a mi hijo su comida semanal, para que crezca y sea conocido. Pasé mucho tiempo pensando en cómo hacerlo, me rompí la cabeza pensando el nombre, cómo sería, qué cosas haría con él.




Mi ilusión de padre me duró unos meses y ahora con cierta vergüenza volteo para verlo. Ha acumulado polvo, casi nadie lo recuerda pero ahí sigue, fiel al castigo y es que no pudo escoger a su padre. De haberlo podido hacer tal vez hubiera escogido a alguien más constante y amoroso.


Así que, hijo, nunca es tarde para las disculpas porque aún no mueres. Sigues vivo; no coleando porque hace meses te olvidé, pero te alimentaré “ahora sí” seguido. Tengo mucho alimento pendiente para ti. Pero te alimentaré de a pocos para que no te empaches y no caigas tan pesado como Carlos Alcántara en una “nueva” película de material reciclado de baja calidad. Pretendo mostrarte más al mundo, no prostituirte.





Así que hijo, blog, te escribo para decirte que volveré a hacerte caso. Prometo alimentarte al menos 52 veces para cuando cumplas tu primer año. Quedan 32 alimentos pendientes para ti.


Y a pesar de todo, y de mi poca constancia, no te quedará más que creerme…



Sunday, September 13, 2015

Mi experiencia Vipassana (II)


Nos retiramos del comedor y nos dirigimos a la entrada de la sala de meditación. Era un salón grande y espacioso, el cual estaba dividido en dos: el área de hombres y el área de mujeres. Luego de dejar mis zapatos en la entrada, fui al espacio número 22, el cual tendría durante todo el curso.


No nos dieron instrucciones sobre cómo meditar, tampoco sobre una determinada postura o en qué pensar. La instrucción fue una: siente el paso del aire por tu nariz y obsérvalo. ¿Sentir el paso del aire por mi nariz? ¿Observarlo? ¿Qué es eso? ¿Nada de “ohm” o ponerme en posición de flor de loto? ¿Sólo sentarme y respirar? Si bien empecé a pensar en mil razones para cuestionar ello, me relajé, tomé una respiración profunda y me propuse a intentarlo.




El silencio que me rodeaba era algo nuevo. Pocas veces había estado en tanta ausencia de sonido. Continué respirando y respirando, hasta que mi mente se aburrió y empezó a decir “hazme caso”. Cual chiquillo llamando la atención, empezó a cantar. Mientras intentaba observar mi respiración, escuchaba todo tipo de canciones; desde canciones de mis archivos personales hasta canciones que he escuchado en la calle o en alguna unidad de transporte público. Desde “Running Up That Hill”, pasando por “Touch Me Like You Do”, hasta –para remate- “La vela maldita”. Pasaban los minutos y era el turno de los dolores de cuerpo. A mi amigo cuerpo no le agradó la sensación de estar tanto tiempo sin moverse, por lo que empezó a mandar señales de dolor en la espalda, en las rodillas y en el trasero. Luego de minutos interminables (que más se sintieron como  horas), la primera jornada de meditación terminó. Era hora de dormir.




Como mencioné antes, me tocaba compartir cuarto con tres personas más. Nuestro cuarto tenía el tamaño justo para que cada uno tenga su propio espacio sin incomodar al otro. El gran detalle: un sólo baño, el cual compartiríamos con cuatro personas más del cuarto vecino. ¿Cómo íbamos a ponernos de acuerdo para usar un baño entre ocho personas? Si incluso entre dos es difícil, cómo íbamos a hacerlo para ocho personas y en silencio era un misterio. Fui uno de los primeros en llegar al cuarto, por lo que me lavé, me cambié y metí a la cama, como queriendo apurar la llegada del día siguiente. Por momentos me invadía la misma pregunta de antes, “¿en qué me he metido?”, “¿qué hago aquí?”; “¿diez días así?” Decidí cerrar mis ojos, dejar ir todo y dormir. Terminaba el día 0 del curso…


Posible escenario del baño...


No recuerdo qué soñé esa primera noche pero recuerdo muy bien el sonido del gong a las 4:00 a.m., el cual indicaba el inicio del día 1. Pocas veces he estado despierto a esa hora y cuando lo he estado, casi todas han involucrado una noche de amanecida con alcohol. Para mi sorpresa, me resultó sencillo levantarme. Me desenrollé de la bolsa de dormir y luego de lavarme y vestirme, salí al frío y la llovizna, y bajé a la sala de meditación.





La mayoría de meditaciones iniciaban con un audio que contenía cánticos indescifrables para alguien que habla español, e instrucciones en inglés-hindú, con posterior doblaje al español. Transcurrió una vida (que en realidad fueron dos horas) con mi mente cantando “vela maldita, vela maldita” y con los dolores ya familiares del día anterior. Sonó el gong. Era hora de desayunar. Lo que más recuerdo de los primeros desayunos no fue la comida sino los rostros de los otros participantes. Si bien no hacía contacto visual directo con alguno, en el barrido visual observaba todo tipo de expresiones (ninguna feliz). Recordaba haber visto más alegría y gusto por la vida, en un documental de la cárcel que en ese comedor. Rostros desencajados, incomodidad, sueño; algo así como “La vida es bella” a partir de la segunda mitad de la película.


Comida vegetariana... Ñam...
Olvidé un detalle interesante. Cuando mencioné que íbamos a comer lo que nos daban, ello era por el hecho de que lo único que comeríamos sería comida vegetariana. Así como le dijiste adiós a tu celular, también le dirías adiós a la carne y a los derivados de animales (leche, queso, yogurt). 100% comida vegetariana. Si pensabas encontrar refugio en la comida para llenar tu vacío existencial en esos días, mejor empezabas a usar tu imaginación para que esas deliciosas menestras, carne de soya y verduras se conviertan en chicharrón o en pollo a la brasa. “Miraré el lado bueno”, me dije. “Me desintoxicaré y por ahí retorno a mi peso”. Después del desayuno, iba prácticamente corriendo a mi cama para echarme y dormir. Los minutos eran valiosos y cualquier minuto extra haría la diferencia para no caer dormido en el siguiente turno de meditación.


Gong; meditación; gong; almuerzo; carrera a la cama para descansar; gong; meditación; gong; meditación; gong; meditación; gong; discurso; gong; meditación; gong; dormir. Día 1 concluido. Había sobrevivido… Seguía ahí. Aquella noche extrañé todo lo que había dejado hace un par de días. Extrañaba mi casa, mi techo, a mi hermana, a mis papás, personas especiales, amigos, caminar… Como no podía hablar ni siquiera conmigo mismo hice algo para darme fuerzas y seguir. Esa primera noche, ya en pijama y antes de dormir, me abracé a mí mismo y me felicité por el buen trabajo de ese primer día. Quedaban nueve días. Nueve días de comida que no era mi predilecta, nueve días sin música, sin leer, sin amigos ni compañía.


Hasta el momento de este relato, todo les puede parecer un calvario, un envenenamiento largo y doloroso. Sin embargo, no en vano recomiendo esta experiencia a todo ser viviente, a toda persona que desee algo de paz interior. Las cosas iban a cambiar drásticamente.


“Felicitaciones, lo has hecho muy bien; cada vez falta menos”, me dije. Iba un día y ya bordeaba la locura…





(Continuaré…)


P.S.:

¿Curiosidad por la "vela maldita"? Aquí está...