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Thursday, August 27, 2015

Carta a la primera mujer de mi vida


            Lejos de volverme un romántico o alguien a quien lo impactó una flecha de cupido, esta entrada tiene un propósito particular. Hace unos días fue el cumpleaños de la primera mujer de mi vida: mi mamá (cero complejo de Edipo, valga la aclaración). Aparte del saludo telefónico y preguntarle cómo está, qué tal está celebrando su quinceañero, una forma mía y muy personal de agradecerle y felicitarla es escribiendo. No le he escrito en su muro, tampoco he colgado una foto de ella. Por algún motivo no me nace hacer eso ahora.


Tus tarjetas...


Hace unos días, justo el día después de su cumpleaños, encontré una carta que le escribí hace algunos años. Muy académica, es cierto. En mi defensa, recién estaba descubriendo la emocionalidad. Recuerdo que fue producto de inspiración del momento; sólo me senté y empecé a escribir:


“Querida mamá, sé que últimamente no hemos tenido mucho contacto, al punto de sentir a veces que lo hemos perdido. Soy muy consciente de que ello te genera incomodidad, nostalgia, pesar y que puedas hasta pensar que soy un ingrato. No te escribo para decirte lo contrario ni para llenarme de excusas; te escribo solamente para decirte que comprendo cómo te sientes.

Ayer recordé con mucha alegría cuando compartíamos día a día. Hacíamos las cosas más sencillas, desde salir a caminar hasta acompañarte a cocinar; esperarte con muchas ansias a que me recojas del colegio y contarte de mi día… Con el transcurrir del tiempo todas esas cosas se fueron diluyendo. Yo me fui enfocando más a mis cosas, tú viajaste y me fui desconectando de las personas esenciales en mi vida. En resumen, crecí. Soy plenamente responsable por el nivel de nuestra relación madre-hijo. Tengo la firme intención y compromiso de mejorar nuestra relación. Imagino tu sonrisa al leer estas líneas y lo feliz que debes estar. Me disculpo por todas aquellas ocasiones donde solamente llamabas para saber cómo estaba, para solamente contarle a alguien de tu día y –por qué no- para compartir tu soledad a la distancia, mientras yo andaba pensando solamente en mí y en mi propio mundo.

Hoy y ahora es el mejor momento para mejorar, para unirnos y crecer aprendiendo el uno del otro. Estoy muy agradecido con el universo por tener una madre como tú. Una mujer amorosa, sensible, que daría todo por sus hijos, porque ama de manera incondicional y porque aprecia la grandeza de las pequeñas cosas.

Con estas líneas te invito a un nuevo comienzo. Quiero ser un mejor hijo y que tú te sientas orgullosa como madre. Lamento no haber estado atento a tus deseos y necesidades. Todo ello cambiará y mejorará a partir de este momento. Gracias por tu comprensión y por tu infinito amor. Gracias por existir y por darme la vida.

Te mando un fuerte abrazo y besos, de esos que te daba cuando era niño, de esos que quiero darte cuando te tenga frente a mí para hacerte sentir la mamá más feliz del mundo”. 


Cuando le mandé esta carta no pude ver su reacción, como tampoco podré verla cuando lea esto y la recuerde de nuevo. Conservo aún las tarjetas que me mandó a lo largo de todos estos años. Cada una era especial, única y creo que fueron los mejores regalos a lo largo de estos años; más que cualquier tontería tecnológica que mi mente de adolescente pudiera querer en ese entonces. Siempre las atesoré… Ella inició esta cadena de escribir y yo la continúo. Tal vez por ella sentí el impacto que pueden tener las palabras cuando se dicen de corazón, y quién sabe, de una u otra forma sembró mi gusto por escribir.


Por alguna razón extraña me nació escribirte por aquí, María. Esta es otra forma, un poco más memorable, de saludarte por tu día. Memorable porque podrás releerlo cuando gustes. Te saludo por aquí, a través de mi blog, porque disfrutas de lo que escribo (aparte de que soy tu hijo y si escribiera muy mal, igual te gustaría y no me dirías lo contrario); esta es una pequeña forma de regalarte algo, una tarjeta virtual, como las de papel que me mandabas todos los años. Espero que esta sea igual de buena y pueda despertarte al menos la milésima parte de alegría que me despiertan las tuyas. Feliz cumpleaños, querida mamá…






Sunday, June 14, 2015

29 junios


29 años desde aquel 7 de junio de 1986, el día donde mi madre quedó curada de tener más hijos, por todo el esfuerzo que le costé para venir a este mundo. Nací como al mediodía y mi mamá me conoció horas después, porque cuando salí sólo vio una “cosita negra” (que en realidad era morada porque me asfixiaba); en lugar de ir a sus brazos, fui a la incubadora. Y aquí estoy, aún en base 2 y sintiéndome mucho mejor en comparación a cualquier edad anterior.


El cumpleaños de este año fue muy diferente; estuvo lleno de sorpresas y alegrías. Para empezar, pude moverme libremente y caminar en este cumpleaños. El año pasado, dos días antes de mi cumpleaños, jugando pelota, un malvado desnivel en el piso de la altura de un milímetro me movió al aterrizar luego de un salto -y recalco el “me” porque quiero pensar que no hubo torpeza alguna de mi parte. Mi pie hizo *crack* y sin pena ni gloria dejé la pichanga. Luego de ir al médico, descubrí que mi regalo personal era un esguince de segundo grado y un mes con muletas. El valor agregado fue ver el Mundial desde la comodidad de mi invalidez.


Mi regalo: el mundo


¿Por dónde empezar? Recibí las 12 de una forma que sólo podría describir como mágica. Mágica porque estaba incrédulo de que dicho momento realmente estuviera ocurriendo. Entre tanta dicha con mis amigos; Felicia (http://el-silencio-escrito.blogspot.com/2015/05/mi-historia-en-retrospectiva.html) tenía una sorpresa especial para mí: me regaló el mundo, acompañado de palabras que sólo podrían provenir de ella, las cuales siempre recordaré. Como símbolo de la dulzura de la vida, nos esperaba a todos los presentes, un rico cheesecake... Como ya es costumbre en mí cuando salgo, llegué temprano a casa, cerca de la 1 p.m. Siguió el tradicional almuerzo familiar de todos los años, con mi hermana y mi padre. Los valoro porque casi nunca nos sentamos a almorzar y compartir ratos juntos. El hecho de tenerlos en mi cumpleaños, le da su toque especial. Horas después, recibí la llamada de mi "compañera de chilingue", a.k.a., la "chiruza". Me dijo para ir a su casa, reunirnos con unos amigos y por ahí ver qué sale. Decidí hacer algo distinto e ir, darme la oportunidad de seguir recibiendo sorpresas.


Llegó la noche. Antes de salir a cenar, fuimos a apoyar en un taller del cual participé hace unos meses. Terminado el taller, me llamaron al centro y me pidieron que cierre los ojos. Al abrirlos tenía frente a mí a mis amigos. Veo a uno de ellos sujetando una torta, y a mi amiga con un enorme detalle que ella preparó para mí. Me quedé con una sonrisa inerte, producto de mi enorme sorpresa. Tuve también una sensación extraña, era una mezcla de felicidad con algo de "trágame, tierra" y es que por lo general evito ser el centro de atención y se me dificulta mucho el recibir halagos o reconocimiento; los evito... A pesar de mis sensaciones raras, me permití recibir todas esas bondades y disfrutar la cantada de "japy bersdei".


Gracias totales...


Me esperaba una sorpresa más. Fuimos a comer pizza y al terminar de devorar toda la grasa, se acercó nuestro tímido mesero con una copa de helado, la cual puso frente a mí. No entendía nada -pensé "ya me cantaron, no creo que me canten de nuevo"-. Volteo y veo a un grupo de meseros del local que me deseaban un feliz cumpleaños, seguido del simpático jingle cumpleañero que se vieron forzados a cantar. Les agradecí a todos, entre emocionado y “arrochado”. Vinieron fotos, la repartición de la torta, videos y al rato, era hora de volver a casa.


Mi globo...


Entré a mi casa, mi papá y hermana ya dormían… Coloqué la torta, mi regalo y el mundo sobre la mesa y me quedé contemplándolos un rato, pensando en todo lo que había vivido y sentido en las últimas 24 horas. Recordé las llamadas de saludo, los mensajes recibidos y en general todos los buenos deseos de todas las personas que tengo la suerte de tener en mi mundo. Pensaba en cómo había llegado a mis 29 años, en todas las decisiones que tomé, en los golpes recibidos y en los pasos que di hacia el frente y al costado. En ese momento sentí que tenía frente a mí la cosecha de mis acciones y de cómo he estado viendo la vida: la mía. Mi mente dispersa olvida detalles y cosas puntuales. No sé qué he sembrado ni cómo lo he hecho, pero el haber vivido un día tan lleno de bondades, me hace dar cuenta de que la cosecha me gusta.


Me recosté en mi cama, muy feliz. Elevé un “gracias” para todas las personas que estuvieron conmigo y, aferrándome a mi mundo y a mi globo y sonriendo, cerré los ojos.



P.S.:

Este post es un pequeño agradecimiento a todos ustedes, quienes hicieron el día diferente y especial. Me voy a regalar el tiempo de contestar cada uno de sus saludos “facebookeros”. De nuevo, gracias totales.