Tuesday, January 17, 2017

El amor en los tiempos del dinero


“¿A quién le gusta el dinero?”- dijo el presentador alzando su mano derecha, invitando a los que compartan dicho gusto, lo sigan en su manifestación pública de afecto hacia el “circulante”. De todos los asistentes, hubo uno solo que se quedó con la mano sin levantar, absorto ante la pregunta. El presentador, al distinguirlo perfectamente por su inacción, se acercó a él y le dijo: “¿Acaso no te gusta el dinero?”- obteniendo como única respuesta el silencio y mirada vacía de dicho asistente. Vencido, el presentador continuó con su charla. Las manos habían vuelto a su altura normal, todos volvían a ser iguales de nuevo...




Efectivamente, el que no levantó la mano, el diferente, el rebelde, el outsider, fui yo. Mi nulo automatismo y escaso deseo de seguir a las masas me dejó pensando, evitando levantar mi mano por una cuestión natural-evolutiva de imitación. Y es así como me surgió esa pregunta a la que le di muchas vueltas en los días siguientes. “¿Me gusta el dinero?” (pregunta aparentemente estúpida porque... ¿a quién no le gusta el dinero?).


Llegué a la conclusión de que el dinero en sí no me gusta; las que me gustan son las cosas que podría hacer teniendo más dinero. Podrá sonar igual, a un simple juego de palabras, pero para mí genera bastante diferencia. Si pudiera hacer todas las cosas que deseara sin tener la consideración del dinero, disfrutaría haciéndolas, y no me sentiría más completo o afortunado teniendo varios dígitos en mi cuenta bancaria. “No, no me gusta el dinero [en sí]”- hubiera podido responder.




Por supuesto que desearía ser más solvente, acceder a más capacitaciones, poder apoyar a más personas, invertir en ellas, y abrir todas las puertas posibles que sólo la llave del dinero puede abrir. Y a pesar de ello, soy consciente de que me sentiría la misma persona teniendo 1 millón de dólares que teniendo 0. El dinero es algo que no me mueve. Disfruto incluso de poder bromear con mi hermana diciendo “maldita pobreza”, mientras buscamos ofertas de latas de atún para poder comer sano y barato.


En mi vida he visto ambos extremos. Nunca he sido millonario, pero he estado sumamente holgado financieramente, pudiendo ahorrar un 50% de mi sueldo, y gastando el resto en satisfacer mis anhelos reprimidos de niño, comprando videojuegos y figuras de acción (¡tiempos aquellos!). He tenido momentos donde he andado sin siquiera una polilla en mis bolsillos ("al menos no me podrán robar"- me decía); he escuchado más de una vez la frase “no hay comida y no hay plata para el almuerzo” y he pasado por las privaciones de talleres o capacitaciones por descartar de plano el poder pagar dichos montos. A pesar de todo, aquí sigo, ya en un punto intermedio, en camino a estabilizarme financieramente... y no, no me gusta el dinero aún.




Una de las cosas de las que reniego en mi mundo interior es sentir y considerar que todo gira en torno al dinero. Socialmente, alguien con dinero es mejor visto que alguien que no lo tiene. Se te abren círculos sociales, puedes juntarte con la “jai” [high] de Lima, tener nuevos hobbies y hasta adoptar con todo derecho, como signo distintivo, esa forma tan peculiar de hablar del “pituco” limeño, ¿manyas? Los príncipes azules nunca fueron “misios”, y ni qué decir del efecto embellecedor que tiene un hombre feo en un auto de alta gama versus un conductor guapo [y sin dinero] de micro.


Sin plata / Con plata


Naturalmente que no tengo algo contra el dinero, ni mucho menos con las personas a las que les guste o hacia aquellas que lo tengan en cantidades abundantes. Sí pienso que recae en estas personas el contribuir a cambiar el mundo, recae en ellos el dejar de lado la ambición de acumular y consumir cada vez más por un mero afán del ego, de sentirse poderosos; pienso que si se valorara menos el dinero en lugar de las buenas relaciones, de una conversación grata con un buen amigo caminando por la calle, de un abrazo sincero, o de sentirse agradecidos con lo que tienen, todo sería diferente: no tendríamos que cruzarnos diariamente con gente pidiendo dinero en las calles, con niños pidiendo comida o monedas. Estoy divagando, y no me siento con derecho alguno de decirle al resto lo que deberían hacer, creo en realidad estoy hablando de lo que yo haría y nadie tiene que compartir mis ideales oníricos de un mundo sin pobreza y mayor felicidad. Un mundo sin dinero me parece mucho más atractivo que el actual.





Pareciera que hasta la gratitud cuesta, que las buenas intenciones se quedan en ello. En estos tiempos de consumismo exacerbado, es hasta de mediocres el no querer tener más ("porque uno siempre tiene que aspirar a más"). Pareciera que todo es un negocio. ¿Qué será de nosotros como especie cuando nos demos cuenta de que somos tan pobres que lo único que tenemos es dinero?


Mi vena social-reflexiva se activó a partir de leer esta frase, la cual lamentablemente me parece tan cierta como tétrica. Sólo un genio de ficción, como Alan Shore, un personaje de una de mis series icónicas “Boston Legal”, podría haberlo dicho:


Alan Shore


“All it takes for evil to succeed is for good people to say: ‘It’s a business’”.
(“Lo único que necesita el mal para tener éxito, es que la gente buena diga ‘es un negocio’”).


Entonces… ¿a quién le gusta el dinero?



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Schadenfreude: tu desgracia es mi progreso:


Saturday, December 31, 2016

Balance del año 2016


A puertas de fin de año, es inevitable hacer el corte arbitrario de los 365 días y ponerme a pensar en qué cosas he hecho y cuáles he dejado de hacer en mi vida durante el 2016. Revisando la agenda del celular puedo concluir que ha sido un gran año, lleno de logros, redescubrimientos personales, algunas decepciones y mucho aprendizaje.


¿Por dónde empezar? Recibí el 2016 viendo los fuegos artificiales callejeros en la puerta de casa de mi abuela, al lado de mi mamá y mi enamorada de aquél entonces. Pasaron los días y mi mamá viajó de vuelta; pasaron los meses y mi relación culminó. Con todo el pesar, dolor, sentimiento de culpa y nostalgia que ello conllevó, estoy tranquilo y agradecido con todo ello. Me permitió hacer pausa, pensar quién soy y las cosas que hago o dejo de hacer con las personas que tengo cerca. Es así que, después de muchos años, decidí tomarme un “año sabático” de las relaciones amorosas y pensar exclusivamente en mí, para sanar mis traumas y amistarme con mis demonios internos.


"Este soy yo todos los días porque estoy soltero y sin hijos"


Parte de dicho proceso fue “entrar en trompo” y experimentar la llamada crisis de los 30 al ponerme a pensar en qué carajo voy a hacer de mi vida. Al cierre del 2016 las respuestas no llegan; quedan muchos “no sé” y qué bueno. Dejaré que la vida me sorprenda, poniendo de mi parte en todo lo que haga. 


Este fue el año del crecimiento profesional y este fue el campo que más satisfacciones me trajo. Empecé a hacerme cargo de mis propios talleres, a dictarlos y a tener mucho mayor protagonismo en lo que hago. Manejé parte de un taller con 150 personas, algo que nunca me hubiera imaginado antes. Culminé un programa de Coaching financiero del cual era parte, continúo haciendo sesiones personales de Coaching y sigo haciendo todo ello con el mismo disfrute de siempre. Confirmé que me encanta mi profesión y gracias a este año borré cualquier rezago de duda sobre si soy bueno en lo que hago, sin dejar de lado el ser un eterno aprendiz. Me certifiqué como Conciliador Extrajudicial con Especialización en Derecho de Familia, prácticamente terminé mi segunda certificación en Coaching y tengo muchas ideas y proyectos por realizar. El haber pasado mi cumpleaños en un taller fue un regalo adecuado. Y así como este fue el año del crecimiento profesional, este también fue el año de los matrimonios y los embarazos (felizmente no estoy involucrado en ninguno). Asistí a 3 matrimonios y cada vez son más las fotos de ecografías que invaden mi Facebook.  


El futuro de mis amigos...


2016, me dejas muchas grandes cosas: reencuentros con personas que no veía hace tiempo, mejores relaciones con amigos y el haber conocido a mucha gente buena. Estoy más que satisfecho con mis amigos, con los familiares que parecen mis amigos, y con las relaciones personales que tengo. Sigo siendo la misma persona olvidadiza que piensa más veces el “voy a llamar a X para saber cómo está” que el número de llamadas que realiza, en mi vorágine mental, siempre los recuerdo. Por otro lado, si bien aún no aprendo a bailar ni a montar bicicleta, si bien aún no practico escalar en palestra ni me voy de viaje, me quedo con un nuevo hobbie: el crossfit.


Nunca he sido devoto de hacer resoluciones para el año nuevo. Las cábalas me hacen sentir en un plano mental superior a aquellos que las practican sin estar dispuestos a hacer algo nuevo o diferente, y hacer promesas para el 2017 me hacen preguntarme ¿para qué esperar y no hacerlo ya? Como dije, se trata de un corte arbitrario. La vida continúa y lo único que cambiará será el último dígito del año. Me gusta pensar que es un año menos en lugar de uno nuevo. Más allá de fatalismos y alarmismos porque la vida sigue corriendo, porque envejecemos y la posibilidad de tener metas o sueños no cumplidos es mayor, al saber que es uno menos me hará valorar más los que vienen, los que quedan...


Gracias 2016; bienvenido 2017…




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Estables vs. Soñadores (I):

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Sunday, November 20, 2016

Estables vs. Soñadores (I)


Imagina levantarte de lunes a viernes a la misma hora, ir al baño a lavarte los dientes, regresar a tu cuarto a cambiarte, tomar desayuno con un ojo mirando el reloj y pendiente de la hora. Imagina salir todas las mañanas a pelear contra el tráfico de inicio de día, ya sea detrás de un volante o abordando una unidad de transporte público, durante media hora o una hora si fuera el caso. Llegas a marcar tarjeta, para luego esperar la hora del almuerzo y calentar tu comida o ir a ver qué prepararon de menú. Pasado el almuerzo es hora de luchar contra el sueño de la digestión y esperar la hora de salida. Ya es casi de noche, y probablemente es momento de ir a casa para descansar. Mañana tocará hacer lo mismo, hasta que llegue el fin de semana. Y así llegará el fin de mes; hora de recoger esa cantidad de dinero por la cual estás intercambiando tu tiempo y tu energía. Y así sucesivamente, durante varios años. Esa jugosa jubilación estará cada vez más cerca.


Hora de empezar...


Escuché una frase que decía que “el cerebro trabaja desde que se levanta hasta justo antes de llegar al trabajo”. Por algún motivo me gustó y la recordé. Y es que nunca apunté a tener un trabajo con un horario fijo de lunes a viernes, a cambio de un pago mensual. Por supuesto que he pasado por ello, y si bien tiene muchas virtudes, la “estabilidad” nunca fue algo que haga que busque asentarme en un lugar ni visualizarme haciendo lo mismo durante años.




Creo que en gran medida se debe a que crecí viendo un modelo diferente. Mi padre pasó muchos años de su vida llevando un trabajo “estable”. Salía muy temprano de casa y retornaba en la noche a descansar para iniciar la misma rutina al día siguiente. En mi mente infantil de aquel entonces, esto era lo normal, no tenía otro modelo además de ese. Luego, por distintas situaciones, mi padre pasó a trabajar en un rubro diferente, pero esta vez como independiente. Más allá de las premuras económicas que esto conllevó, siempre tuvo un valor enorme para mí el ver que era dueño de su agenda, el ver que había días donde podía pasarlos trabajando desde casa, o salir a unas cuantas reuniones para luego volver. Cada día era diferente, en cuestión de horarios, obligaciones y compromisos. Vi ese “modelo de vida” y encajé inmediatamente con él. No me extraña esto ahora. Mirando lo que fue mi vida (y la de todos, excepto de dos personas que conozco que se educaron en casa), desde que tengo uso de razón todo ha sido una rutina. No trabajaba, pero tenía que ir al colegio de lunes a viernes, en los mismos horarios, siguiendo el mismo camino de ida y de retorno. Esto ocurrió durante los 11 años de colegio (uno o dos más si por ahí alguien fue repitente). Naturalmente, a mis 17 años, ya estaba podrido de las rutinas y al ver que mi padre tenía un “modelo laboral” diametralmente opuesto al que mi vida conocía, decidí que eso era lo que quería para mí también: trabajar desde casa, de forma independiente, manejando mis horarios y teniendo cada día diferente al anterior.




Por supuesto que todo quedó en pensamientos porque también pasé un tiempo breve trabajando de manera “estable”. Es curioso que, al recordar estos eventos, más sentido me haga la frase de líneas arriba, porque no recuerdo al detalle aquellos días donde mi mente se apagaba al llegar al respectivo “laburo”. Claro que tuve buenos momentos, muchas anécdotas y por ahí algunos amigos, pero de alguna forma sentía que ese sueldo a fin de mes me hacía perder algo más de lo que podía ganar.  


No pretendo dar el mensaje de que está “mal” o que trabajar bajo rutinas y horarios fijos sea lo peor de este mundo. Conozco a muchas personas que vienen trabajando bajo este sistema durante años, y están satisfechos con ello. Simplemente creo que no es lo mío. Hay cosas que ni MasterCard puede comprar, y es la sensación de libertad. Pero, para no ser injusto con el modelo “estable”, enunciaré algunas ventajas que pueden venir a mi mente: (…)



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Psicosis de los 30:

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Balance del año 2016:
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Sunday, November 13, 2016

Psicosis de los 30


Hola, me llamo Alonso, peruano de nacimiento, signo Géminis, coach y tengo 30 años…


Desde hace unas semanas, hay una pregunta que me rodea la mente de forma constante. Esta pregunta y las cuestiones que le siguen han logrado que me “cuelgue”, que me desconecte de la realidad y me traslade a un mundo abstracto de ideas sin ilación, con gotas de paranoia y alucinaciones. Creo que no es la llamada “crisis de los 30” porque al menos encontré lo que me gusta y me dedico a ello; no ando frustrado por no haber alcanzado mis sueños, ni tengo que aguantar a un jefe maltratador para conservar el trabajo. No tengo que dormir al lado de una esposa que no quiero, y cuidé mi cuerpo, por lo que no tengo hijos firmados o no firmados por alimentar. La pregunta en cuestión es “¿qué me depara la vida en los siguientes años?”




Pareciera que la vida te pone en la dicotomía de elegir estos caminos: el de la familia propia o el de la soltería adulta. El primero consiste en decidir si deseo convertirme en padre y “sentar cabeza” (porque es lo que ya toca, según muchos). El segundo camino es si deseo vivir mi vida en soledad. A veces me pregunto cómo sería vivirla como uno de mis ídolos de ficción, el Dr. Christian Troy de Nip Tuck: un hombre adinerado, con éxito profesional, que tiene a todas las mujeres que quiere; atormentado por dentro, incapaz de iniciar una relación por temor a ser lastimado; un no-humano, tan detestable a quien no puedes odiar sino admirar en una forma correctamente incorrecta.


Christian Troy


En mi vida, aparte de lo que hago que es coaching, no tengo claro qué es lo que quiero. No tengo un ambicioso plan para cuando tenga 35 o 40 años; en mi condición de soltero, no sé si quiero casarme o tener hijos (no puedo construir individualmente cosas que requieran de dos personas). Creo que quiero viajar más, hacer cosas diferentes, pero a veces no… Estoy en un punto de confusión y constante cuestionamiento sobre el orden normal de la vida, de las cosas. Nunca me identifiqué con el proceso de estudiar-trabajar-matrimonio-mantener hijos-jubilación. Pienso que en la vida hay muchas más cosas que el trabajar, que el llegar a fin de mes por dinero y es en esa búsqueda del qué, en la cual he estado últimamente. He parecido marino navegando en las Antípodas de mi mente. He tenido bloqueos mentales, subidas y bajadas de ánimo y es la primera vez que no tengo claro hacia dónde ir, lo que significa que las respuestas estarán por llegar.



"¿Hacia dónde voy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Cuál es el significado de la vida?"


No todo es tinieblas; siempre he confiado en las causalidades de la vida, en las etapas y procesos que se componen de nuestro día a día. Felizmente ya encontré el “para qué” de mi vida: ayudar a los demás. Desde ahí empezaré a construir. Conversaba de estas cosas con una amiga, con quien tengo química por pensar de formas muy únicas en algunos aspectos. Su conclusión fue sencilla y poderosa: “no quiero no vivir”. A partir de eso, seguiré labrando mi camino hacia el destino (aún) desconocido. 


“¿Qué es la vida? Un frenesí…”


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Mi amigo Benito:

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Estables vs. Soñadores (I)

Friday, October 28, 2016

Mi amigo Benito


Hubo una época en la que no sabía qué hacer con mi vida. Era el año 2010. Estaba a puertas de graduarme de la universidad y tenía claro que la vida de abogado no era lo que quería, pero era una gran incógnita a lo que quería dedicarme. Una carrera jugando videojuegos desde la comodidad de mi hogar no era posible, así que, aprovechando mi calidad de residente en Estados Unidos (o sea, como peruano con Green Card - “¿manyas?”), cogí mis maletas, vacías de sueños y ambiciones, y me fui a encontrar con mi madre; fui a buscar futuro y a buscar respuestas para mi vida.


Para construir el “sueño americano” (que en realidad debería ser llamado sueño estadounidense), es necesario tener plata, tener “guita”, “fichas”, “washingtones”… Cual muchacho que sale del colegio y no sabe qué estudiar, empecé a trabajar, a producir. Caí en un restorán de comida italiana.




Se llamaba “La Veranda”. Un lugar muy simpático, que más parecía una dependencia de las Naciones Unidas por la cantidad de diversas nacionalidades que había entre los empleados: griegos, brasileños, haitianos, peruanos, estadounidenses, argentinos, un colombiano, un boliviano, un filipino, un español, y por supuesto, italianos. 


Alguna vez me dijeron que para trabajar en un restorán había que estar loco, porque sólo los locos aguantarían un trabajo así. Debo haber tenido algo de locura en aquel entonces porque encajé muy bien en ese mundo, el cual recuerdo con mucho cariño.


Benito, un menudo español cincuentón, con corte ochentero y con un marcado acento de la Madre Patria, el cual años hablando inglés no pudieron menguar, fue uno de los primeros en darme la bienvenida. Escucharía repetidas veces este saludo, muy típico de él, particularmente por la forma de pronunciar mi nombre: “[Alonsho], ¿qué cuentas? ¿Todo bien?”.


A mi amigo lo recuerdo como todo un personaje. Original de Galicia, amante del fútbol (fervoroso y verdadero hincha de ese otro equipo de la ciudad de Madrid: Atlético de Madrid), era todo un caballero y maestro en el arte de servir… porque servir a otros es un privilegio de pocos, algo que es muy distinto a ser servil. Su metro sesenta y pasos cortos le daban ese andar particular que hacía confundir los ambientes del restorán con una pista de baile. Sus cánticos gallegos, acompañados de palmadas, emulando el sonido de castañuelas, eran su sello de fábrica, pero nada más peculiar que su “joder, macho” o su automatismo para responder “shi” a todo. Me volví asiduo imitador de estas palabras, como buen “sudaca” seseante.


Sólo en esta ocasión le atinó con la nacionalidad...


De Benito aprendí mucho: desde servir una botella de vino, a estar tranquilo en momentos de rush y, sobretodo, a disfrutar de mi trabajo con una sonrisa. Al chaval nunca lo vi molesto ni tensionado, y era uno de los mozos más solicitados por los clientes. Él no servía mesas, él brindaba experiencias.


Los momentos más graciosos eran antes de abrir, cuando Benito conversaba con uno de los dueños, el Sr. Piero, y le bromeaba respecto a las cosas que hacían los italianos o cuando, al ver a un negro en la televisión, decía en voz alta que seguramente ese era italiano, para luego preguntarle, para incredulidad de Piero, de qué parte de Italia era. Luego de las charlas sobre italianos, siempre se dirigía a su “oficina”, la cual estaba ubicada en la salida trasera del restorán, donde siempre se apoyaba con una pierna en alto sobre alguna caja de vino que iría a la basura, a fumarse un cigarro.


Era el año 2012 y ya sabía lo que quería hacer con mi vida. Había decidido volver a mi tierra, a convertirme en coach y hacer patria. Mi vida en “La Veranda” terminaba, era hora de volver y dejar atrás un estilo de vida, rutinas, amistades y muchas anécdotas. Siempre recordaba a mi pequeño amigo a través de su equipo: el Atlético de Madrid. Imaginaba cuánta alegría estaría sintiendo al ver, por fin, al equipo de sus amores, campeonar La Liga, luego de tantos años de fracasos, frustraciones y de amor masoquista.





Hace unos días me llegó la noticia que Benito había fallecido. No fue algo inesperado pues ya venía delicado de salud desde hace varios meses, haciéndole frente a una enfermedad. Su proceso y decaimiento fueron largos, lentos y dolorosos. Benito ya no era el mismo, parte de sí se iba esfumando poco a poco entre los medicamentos y tratamientos. “Benito ya se fue, ya descansa” me dijo mi mamá. Me limité a asentir en silencio a través del teléfono. Una parte de mí sentía alivio por él y otra parte empezaba a recordar anécdotas sobre él. Lo veía jovial, alegre y cantando. Es así como deseo recordarlo.


No tuve la oportunidad de despedirme de ti, chaval, pero estoy tranquilo. En mi memoria siempre te mantuviste en tu mejor versión. Seguramente ahora estarás cantándole al de arriba alguna de esas canciones gallegas cuyas letras nunca pude aprenderme o quién sabe qué. Estoy seguro de que ya estás en un lugar mejor. Ojalá estas palabras en tu honor te lleguen en forma de buenas vibras y energía. 



Hasta pronto, macho. Muchas, muchas gracias por todo.



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Cacareando huevos


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Monday, October 24, 2016

Cacareando huevos


Estaba en una conversación muy interesante con un amigo, en la cual me hablaba sobre sus aspiraciones profesionales y sobre todas las cosas que hacía en su trabajo. Mencionaba que, efectivamente, lo reconocían por sus labores, por hacer incluso más de lo que, sobre el papel, le correspondía. Todo era destacable, muy bueno. El gran detalle era que poca gente conocía sobre ese plus que él daba día a día. Los beneficios estaban, pero no todos sabían que era gracias a su trabajo. Decir de forma abierta que era gracias a su trabajo y esfuerzo que ocurrían cosas buenas, era algo que se le dificultaba mucho, no deseaba ser presumido (en realidad, sentirse presumido); por encima de todo, lo hacía porque su trabajo le encantaba, no lo hacía por el reconocimiento de otros ni para decir “miren lo bueno que soy”. Algunos colegas le recomendaban que lo haga, incluso diciéndole que era necesario. “Cuando uno pone un huevo, tiene que cacarearlo” me dijo. “Si no compartes ni dices lo que haces, nadie lo va a saber”.




Al igual que mi amigo, yo tampoco hago públicas las cosas que hago o logros que haya tenido. Hago lo que hago porque disfruto haciéndolo y adopté la costumbre de quedarme con ello. Compartirlo o decirle al resto sobre mis acciones es, muchas veces, lo último que pasa por mi mente. Sin embargo, al igual que en el caso que les comento, hacerlo se ha vuelto algo necesario y que requiero empezar a hacer. Más aún en mi caso que trabajo de forma independiente, donde las mejores referencias que puedo tener son de boca a boca, pero estas se limitan a aquellos que efectivamente conocen lo que hago y a lo que me dedico. El resto, con quienes no he compartido ni contado lo que hago, no lo saben ni tampoco tendrían que saberlo, porque nunca cacareé mis huevos. En un hecho insólito para mí, es momento de cacarear...


¿A qué me dedico y qué hago? Soy coach. No, no soy un entrenador y me estoy alienando diciéndolo en inglés. Me dedico a acompañar personas para que a través de procesos de coaching puedan descubrir y liberar su potencial personal, con miras a conseguir objetivos que ellos se han planteado. Me dedico a conversar, escuchar y hacer preguntas. Mi labor es estar al servicio de otra persona, apoyándola y acompañándola a que consiga sus metas y objetivos, trabajando desde sus capacidades y habilidades personales. ¿Quieres mejorar tu desempeño laboral poniendo en juego tus habilidades? ¿Deseas tener relaciones personales más sanas? ¿Y mejor relación con el dinero y finanzas personales? Cualquier cosa que involucre un proceso y crecimiento personal, es materia de coaching. Para el tema de finanzas, también se puede trabajar, esta vez desde el espacio de coaching financiero. El gran detalle es que no te diré cómo lo tienes que hacer, porque no soy asesor ni consejero, sino que tú encontrarás las mejores respuestas y formas que funcionen para ti a través de conversaciones. Lo más importante: todo esto se hace en un espacio de respeto, libertad y confidencialidad. Lo que me cuentes y desees compartir conmigo, no saldrá de dicho espacio.




Otra cosa a la que me dedico es a dar talleres y capacitaciones, con enfoque de coaching. Comunicación, trabajo en equipo, servicio al cliente, inteligencia emocional… Todo lo que tenga que ver con habilidades personales, también las trabajo en talleres, con grupos de personas. Nunca imaginé estar parado frente a un grupo de personas, hablando y haciendo preguntas. Es irónico que a pesar de que no me busque ser el centro de atención, mi propio trabajo demanda que por momentos lo sea, estando al frente siendo observado por una pluralidad de ojos. Capacito a personal de empresas, diseñando mis propios talleres a partir de las circunstancias y necesidades de cada organización. Mis 5 años de formación en Derecho, hablando y matándome por tener la razón ayudaron en algo. Aquí tampoco enseño (no soy profesor), lo que hago es compartir información y generar espacios de aprendizaje donde los participantes le puedan encontrar valor, llevando esta información a su experiencia y generando reflexiones a partir de ello. Incluyo videos, dinámicas, juegos, todo lo que sea necesario para que sea una experiencia grata y beneficiosa para los participantes, quienes son los protagonistas de los talleres.



Cierre del programa "Blue Coaching" en el Hotel Hilton Lima-Miraflores 


A pesar de que lo diga sin ningún ápice de soberbia, igual es algo que me cuesta manifestar, y empezaré a practicarlo… Me considero bueno en lo que hago. Por supuesto que aún tengo mucho espacio para desarrollarme y seguir creciendo, pero en el lugar donde estoy, con mi experiencia y edad, me considero bueno, bastante bueno. Disfruto mi trabajo, he recibido buenos comentarios por éste, pero aún me quedo corto en extendérselo al resto, como una forma de ir “marketeando” lo que hago. Tal vez sea sencillo para algunos el colgar fotos, compartir lo que hacen… En mi caso, al igual que mi amigo, “cacarear” nuestros huevos es algo medio complicado. Es por ello que escribo esto, como un tímido paso para salir a la luz y contar, compartir... Probablemente me tome un poco más de tiempo digerir que actualmente así se mueven las cosas: con la publicidad.


Es por ello que si ven un poco más de actividad en mi perfil, no es que me hayan “hackeado” o que dejé abierta mi cuenta en algún otro lado. Estaré practicando algo que nunca he hecho.


Mi amigo eventualmente consiguió el puesto que deseaba… Yo sólo deseo más oportunidades y espacios para trabajar apoyando a personas, haciendo lo que me gusta.


A empezar…



Taller de Habilidades de Coaching para la atención al paciente en el Policlínico Peruano-Japonés.
A mi izquierda, sentado como meditador, mi gran amigo y socio en este taller.


























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Sunday, October 16, 2016

Sobre la muerte...


En lo que va del año, tengo la triste cifra de haber asistido a dos velorios, y el número de fallecidos de familiares o amigos de gente que conozco es significativamente mayor. Esta estadística, sumada a unas cuantas ofertas para contratar seguros de vida, me hicieron darme cuenta de que este año, la muerte ha sido un tema más recurrente.




En mis 30 años de vida, nunca me ha tocado enfrentarme directamente a la muerte. No he sufrido la pérdida de un familiar cercano ni la pérdida de un amigo. Conozco la muerte en teoría, pero nunca la he sufrido con alguno de los míos. A estas alturas del año, no puedo evitar preguntarme quién más se va a morir y también cómo reaccionaría cuando me toque hacerle frente a algo tan cotidiano de la vida como la muerte.


La verdad es que no sabré lo que es hasta que me toque vivirlo. Conscientemente, me aferro a las cosas que aprendí en un retiro de meditación de 10 días, como una forma de procesar el futuro incierto.


La primera idea que me llamó la atención fue que cuando alguien parte de este mundo, no lloramos por la persona que se ha ido. En realidad, lloramos por nosotros mismos; lloramos porque vamos a extrañar a esa persona, porque no la veremos más físicamente. La persona que se fue (a donde quiera que se haya ido), en mejor lugar no puede estar, definitivamente estará mejor que en este mundo. La muerte se ve como una promoción, un ascenso. Si te enteraras que uno de tus seres querido recibió una promoción, un ascenso y se va a un lugar mejor, ¿llorarías? Si la respuesta es sí, adelante. Ten en cuenta que lloras por ti y no por el fallecido.




Una segunda idea que recuerdo es que celebramos y abrimos los brazos a la vida y le tememos tanto a la muerte, cuando en realidad una no podría coexistir sin la otra. Le damos la bienvenida a un bebé, pero decimos “adiós” con el corazón en la mano cuando llega la muerte. Asistimos de luto a los velorios y entierros, damos el pésame y acompañamos como forma de apoyo al familiar. De hecho, es una concepción y práctica bastante occidental. En otras culturas, la muerte se celebra con una fiesta a nombre del fallecido, donde se le recuerda con alegría y agradecimiento por los buenos momentos compartidos. Se elevan plegarias por su bienestar, donde sea que se encuentre y se celebra como un paso hacia adelante en el camino astral. De locos, ¿verdad? Todo se trata del cristal con el que se mire, por más irreal que pueda sonar en esta parte del mundo.




Como mencioné líneas arriba, no me ha tocado aún estar del otro lado en un velorio; no me ha tocado pararme, vestido de negro, a recibir los infinitos “pésame” de las personas que vengan a acompañarme en mi momento de tristeza. Creo que sería lo último que desearía escuchar, y tal vez desearía no escuchar; que no me digan algo, sino que me acompañen con su silencio. En mis dos visitas a velorios no he encontrado palabras para decir y pienso que a veces el silencio y un abrazo pueden decir mucho más que todos los “pésame” juntos.


Me aferro a estas ideas como un preparativo, porque no hay algo que pueda hacer para cambiar el curso natural de la vida; me aferro a estas ideas como una forma de estar listo para dejar de pensar en mí en esos momentos y alegrarme porque mi ser querido se fue a un lugar mejor: se fue a su propio espacio de cielo.



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