Tuesday, March 7, 2017

Cuestion de fe


Hace algunos años leí el título de una cadena de correo que decía “La raza humana se dirige hacia la estupidez”. Atraído por tan singular título, abrí la cadena. Esta contenía una serie de errores de las personas al utilizar ciertos productos. Ahora, luego de haberme querido informar sobre la coyuntura actual vía Facebook, no puedo sino recordar de nuevo tan interesante título.


Me pregunto desde cuándo se volvió tan importante soltar una opinión, de tener una verdad a la cual defender contra todo y contra todos. Pasa a un segundo plano si mi opinión es informada, si tengo idea de lo que estoy defendiendo o si vale la pena pelearme o entrar a discusiones porque otra persona tenga una opinión marcadamente diferente a la mía. Mucho menos importa si la postura que tenga sobre un tema es propia o sólo estoy repitiendo cosas que leí de alguien más. No nos consta ni un carajo de lo que decimos pero hay que opinar. “Opino, luego existo…”


(Autor: Paweł Kuczyński)


Luego de leer tantas barbaridades en la mencionada red social, creer que el mundo puede ser un lugar mejor, donde todos respetemos nuestras diferencias, se convierte en una cuestión de fe; y no hablo de esa fe que mencionan los dogmáticos de esperar a que venga el Todopoderoso a arreglar mi vida (porque soy un siervo, obedezco y rezo mucho), sino esa fe que significa aferrarse a una creencia a pesar de que no tengas ni la más remota evidencia de que ello puede ocurrir. En momentos de decepción como estos, creo que el mundo (mi mundo), estaría mejor si hubiese más ignorantes en lugar de tantos estúpidos. Me uno a Sheldon Cooper cuando dice: “Uno llora cuando está triste. Por ejemplo, yo lloro porque otros son estúpidos y eso me entristece”.


Y por estúpido no me refiero a alguien que no sepa algo, o a alguna persona que no tenga “inteligencia”. Un estúpido es aquél que no tiene una opinión propia, siguiendo al resto sin saber plenamente por qué; no se informa y/o mata por tener la razón; cree que la única verdad está de su lado. La gran virtud del ignorante es que desconoce de algún tema, y puede aprenderlo. No tiene la intransigencia del estúpido y tiene la capacidad de elegir si se informa o no.


(Autor: Paweł Kuczyński)


El mayor peligro del estúpido es que desconoce los límites de su estupidez. Cree estar informado sólo viendo noticias o leyendo opiniones y comentarios de otros; cree que por seguir una religión o citar la Biblia sin entender una palabra de lo que dice, ya tiene una verdad incuestionable. Pero no hay una opinión propia, ni mucho menos un criterio. Sólo se trata de opinar y entrar a la gesta, al debate.


Me da mucha pena el ver qué tan fácil es polarizamos como sociedad por un tema coyuntural. Hace poco nos matábamos por los candidatos presidenciales; ahora nos matamos porque a unos les surgió la vena protectora de padres y tienen miedo de que sus hijos se conviertan en homosexuales (¿ser felices tal vez?). Estas cosas sacan lo peor de nosotros. “Humano, demasiado humano” en palabras de Nietzche.  


Abajo: gente en las marchas y sus opositores.
Arriba: los medios y "líderes" de opinión


¿Cuándo murió la posibilidad de que podamos tener puntos de vista diferentes sin que ello implique un desagrado hacia el otro? ¿Cuándo fue que nos volvimos tan estúpidos como especie?


Creo en que la gente puede cambiar y en que todos podemos llevarnos bien, pero hay días donde de verdad, con estos humanos, se hace difícil. Bad humanos...


Un día a la vez…



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Estables vs. Soñadores (II)





Wednesday, February 15, 2017

Resaca del 14 de febrero


Y San Valentín se fue otra vez. Otro año más donde por un día podemos polarizarnos entre los lovers y los lover-haters (los también llamados grinch). Es el día de aquellos que aprovechan, aunque sea como única oportunidad en el año, para salir a las calles agarrados de la mano de sus parejas, comprar flores y regalar el globito que será exhibido orgullosamente. Las ventas de condones se disparan, los “telos” están llenos y tu Facebook se convierte en un foco de diabetes virtual por tantas fotos y corazoncitos. El amor está en el aire -y también en tu billetera.




Soy un lover-hater más que confeso. Año tras año esta fecha se convierte en una lucha contra el amor en el ambiente, contra las exhibiciones más clichés y más parametradas que puedan haber; la gran mayoría son salidas de las películas tipo chick-flicks, donde las pruebas de amor soñadas son refrendadas en las caras de las jóvenes mujeres para darles el mensaje de que esas son las cosas que deberían esperar de sus machos alfa. “Si de verdad te quiere, él [deberá]…”.


He pasado esta fecha tanto soltero como en pareja y, francamente, ninguna ha tenido un sabor diferente; sigue siendo un día más. Cualquier día puedes entregar un detalle, decir unas palabras o mostrar tu afecto hacia la gente que quieres. Ah, pero el 14 de todas maneras tienes que hacerlo y esforzarte. La presión social es enorme y aún mayor para los hombres. Ver a una mujer con un globo y flores nos lleva a pensar instintivamente que se los han regalado; ver a un hombre con las mismas cosas implica pensar que se las va a entregar a alguien. San Valentín pasó a ser la fecha donde socialmente estás compelido a dar algún regalo con alguna salida. Que la mujer no entregue algo, normal; viceversa implica tu muerte.




Algunos podrán pensar que muchos solteros nos oponemos a esta fecha porque precisamente estamos sin pareja. Como no estamos envueltos en la magia del amor, no tenemos con quien celebrar y nos arde ver al resto felices mientras otros caminan con saltos agarrados de la mano, rodeados de mariposas y con un enorme arco iris de fondo bajo el atardecer.  Pues no señores, a la gente como nosotros tanto algodón de azúcar nos empalaga, tanta cursilería artificial en un día es una bofetada a nuestro sentido común. ¿Qué celebran? ¿El día del amor y la amistad? Eso les dijeron que celebren, pero, ¿realmente saben por qué y para qué lo quieren celebrar? ¿Celebrar exactamente qué? ¿Y por qué justo en esa fecha?


Tanta muestra y exhibicionismo masivo degenera en una competencia improvisada de un día por demostrar qué tan feliz deseas aparentar que eres, por enseñarle al resto tus regalos, por decir “miren todos lo que me han dado y cuánto me quieren [y colabórenme con sus muestras de aprobación y admiración, por favor]”. Es un día que no está libre de envidia (yo también quiero lo que veo que tiene el resto). A algunos les viene la nostalgia, a otros la sensación de incomodidad por estar sin pareja. Estas cosas son contra las que nosotros los grinch nos manifestamos; preferimos ser auténticos y quedar como renegados sociales que hacer algo porque es “lo que toca”. No envidiamos, sólo observamos con compasión y displicencia cómo ustedes son contagiados por el virus de un día.  




Tal vez el mejor San Valentín sea el que no existe. Ese que se prolonga por 365 días, ese de la elección personal y no el de la presión social; ese que contenga tonterías de todos los días como palabras de afecto, abrazos y agradecimiento por el tiempo compartido; ese amor de los pobres de billetes que consiste en afecto humano; ese amor de los grinch de San Valentín, de los que queremos cuando nos nace y no cuando nos dicen que tiene que nacer.



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Schadenfreude:


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Monday, February 13, 2017

Schadenfreude: tu desgracia es mi progreso


¿Qué pasaría si descubrieras que tienes un lado oscuro que disfruta y siente placer de las desgracias de otros? ¿Cambiaría la percepción que tienes de ti mismo?


Pronunciado [shadenfroida]; del alemán schaden y freude; daño y disfrute, es el placer derivado de observar las desgracias o fallos de otros. Podría ser un símbolo de uno de los lados más macabros del ser humano, pero es más que eso. Un estudio reveló que los niños, seres puros y libres de pecado, pueden experimentar el schadenfreude a partir de los 24 meses de vida. Imaginar que un niño de 2 años pueda disfrutar de las caídas de sus amigos bebés o disfrutar de ver cuando su hermano le orina en la cara a alguno de sus padres es de locos, es de humanos. Estamos capacitados para encontrar disfrute en las desgracias de otros.




El schadenfreude surge como una respuesta positiva (o menos nociva que la frustración o amargura) frente a las situaciones de inequidad o injusticia de la vida. Disfrutamos de ver a otros caer porque lo consideramos “justo”, consideramos que de esta forma la desigualidad es más manejable. Esto lo vemos y experimentamos casi todos los días.


La gran mayoría de personas que hablamos español, hemos visto “El chavo de ocho”. Un ícono y estandarte de la comicidad en América Latina. Todos hemos reído y disfrutado cuando el Chavo, de pura piconería o envidia, cogía unas tijeras e iba a reventarle sus globos a Kiko, quien luego de quedarse boquiabierto, iba a su rincón a llorar. Hilarante, gracioso y tan “schadenfreudeano”… Y así operamos, incluso a nivel bioquímico. Cuando vemos a otros caer, se genera una reacción química que libera componentes que nos causan placer. Sentir disfrute ante los fallos o errores del resto, puede ser malo, sociópata o hasta indeseable, pero a la vez es humano.  




¿Aún tienes dudas? Esto va para ustedes, mujeres. Cuando una hermosa, alta, despampanante y escultural aspirante a Miss Universo se tropieza o cae en plena pasarela, no creo que piensen “uy, pobre, espero que no se haya lastimado”. Ni qué decir cuando ven a alguna de sus semejantes darle un beso al suelo luego de caminar toda torcida en tacones.


Los chismes, las noticias, los programas de “espectáculos” (entre comillas porque no sé si vender caca respecto a la vida de gente que no conozco tiene algo que valga la pena), todas esas cosas nos dan schadenfreude. Últimamente he observado en redes sociales que hay varias personas pidiendo que cierto expresidente (ahora prófugo) se vaya a la cárcel. Quiero pensar que como sociedad nos ha aflorado una vena moralista, de rechazo total hacia la corrupción, pero sería engañarme. Darnos de moralistas cuando como sociedad no respetamos las reglas, nos pasamos la luz roja (¡malditos peatones!) es como luchar con ahínco y desesperación por los derechos de los perritos y gatitos mientras disfruto de comer pollo, chancho y carne.


(Autor: Paweł Kuczyński)


Me pregunto si el querer ver a este expresidente tras las rejas es un verdadero sentido de justicia o simplemente el deseo de verlo caer luego de haber tenido una vida de excesos y parrandas con whisky; un deseo de “justicia”, de acercamiento hacia nuestras propias desgracias y carencias, porque queremos igualdad, porque no queremos ver que alguien tenga todo. Este personaje no tiene carisma, es chabacano, y para algunos, sumamente descarado. ¿Cómo no querer verlo en la cárcel, verdad? 


Sólo imagínenlo, con su glamoroso traje a rayas, diciendo “I’m innocent” y un tufo a whisky etiqueta azul. A su esposa acusando a los “pituquitos” o “lobbystas” del gobierno. Insumos excelentes para un nuevo sketch de comedia. Qué importa si realmente es culpable, qué importa saber si está siendo juzgado de forma imparcial, mucho menos conocer de qué se le juzga o qué tipos de delitos se le imputan. Esas son tonterías, queremos fotos de él esposado. Qué rico que los malos estén tras las rejas, ¿verdad? “Lo justo”. Así ya sabrán cómo nos sentimos nosotros, los que tenemos menos, los peruanos a los que nos robó. 


(Me preocuparía si es por estas cosas que muchos quieren verlo en la cárcel)


(Autor: Paweł Kuczyński)


Disfrutamos el morbo, desde ver cómo los famosos caen, hasta escuchar los chismes de tu compañero del trabajo. Tus memes, tus gifs de perritos cayendo las escaleras, tus burlas por las derrotas de un equipo grande… En mayor o menor medida, las cosas desfavorables que le ocurren a otros a ti te pueden causar disfrute.


Saber que existe algo como el schadenfreude nos permitirá conocernos más. Saber por qué reaccionamos como lo hacemos y qué tanto podemos ponernos a pensar en la situación de los otros, más allá de lo que diga la gente o tu propio entorno. Por lo pronto, cada vez que veas a ese gordito que le cae mayonesa de su “sanguchón” en su camisa, cada vez que veas a la señora antipática del micro tropezarse al bajar, o a la chica regia y guapa que se golpea la cabeza, ríe y disfruta de lo que les pasó. Agradece a miles de años de “evolución” que te dieron ese mecanismo para sobrellevar esta vida dura, injusta y sobretodo desigual: schadenfreude.


"El dolor se ve estupendo en otras personas"




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Tuesday, January 17, 2017

El amor en los tiempos del dinero


“¿A quién le gusta el dinero?”- dijo el presentador alzando su mano derecha, invitando a los que compartan dicho gusto, lo sigan en su manifestación pública de afecto hacia el “circulante”. De todos los asistentes, hubo uno solo que se quedó con la mano sin levantar, absorto ante la pregunta. El presentador, al distinguirlo perfectamente por su inacción, se acercó a él y le dijo: “¿Acaso no te gusta el dinero?”- obteniendo como única respuesta el silencio y mirada vacía de dicho asistente. Vencido, el presentador continuó con su charla. Las manos habían vuelto a su altura normal, todos volvían a ser iguales de nuevo...




Efectivamente, el que no levantó la mano, el diferente, el rebelde, el outsider, fui yo. Mi nulo automatismo y escaso deseo de seguir a las masas me dejó pensando, evitando levantar mi mano por una cuestión natural-evolutiva de imitación. Y es así como me surgió esa pregunta a la que le di muchas vueltas en los días siguientes. “¿Me gusta el dinero?” (pregunta aparentemente estúpida porque... ¿a quién no le gusta el dinero?).


Llegué a la conclusión de que el dinero en sí no me gusta; las que me gustan son las cosas que podría hacer teniendo más dinero. Podrá sonar igual, a un simple juego de palabras, pero para mí genera bastante diferencia. Si pudiera hacer todas las cosas que deseara sin tener la consideración del dinero, disfrutaría haciéndolas, y no me sentiría más completo o afortunado teniendo varios dígitos en mi cuenta bancaria. “No, no me gusta el dinero [en sí]”- hubiera podido responder.




Por supuesto que desearía ser más solvente, acceder a más capacitaciones, poder apoyar a más personas, invertir en ellas, y abrir todas las puertas posibles que sólo la llave del dinero puede abrir. Y a pesar de ello, soy consciente de que me sentiría la misma persona teniendo 1 millón de dólares que teniendo 0. El dinero es algo que no me mueve. Disfruto incluso de poder bromear con mi hermana diciendo “maldita pobreza”, mientras buscamos ofertas de latas de atún para poder comer sano y barato.


En mi vida he visto ambos extremos. Nunca he sido millonario, pero he estado sumamente holgado financieramente, pudiendo ahorrar un 50% de mi sueldo, y gastando el resto en satisfacer mis anhelos reprimidos de niño, comprando videojuegos y figuras de acción (¡tiempos aquellos!). He tenido momentos donde he andado sin siquiera una polilla en mis bolsillos ("al menos no me podrán robar"- me decía); he escuchado más de una vez la frase “no hay comida y no hay plata para el almuerzo” y he pasado por las privaciones de talleres o capacitaciones por descartar de plano el poder pagar dichos montos. A pesar de todo, aquí sigo, ya en un punto intermedio, en camino a estabilizarme financieramente... y no, no me gusta el dinero aún.




Una de las cosas de las que reniego en mi mundo interior es sentir y considerar que todo gira en torno al dinero. Socialmente, alguien con dinero es mejor visto que alguien que no lo tiene. Se te abren círculos sociales, puedes juntarte con la “jai” [high] de Lima, tener nuevos hobbies y hasta adoptar con todo derecho, como signo distintivo, esa forma tan peculiar de hablar del “pituco” limeño, ¿manyas? Los príncipes azules nunca fueron “misios”, y ni qué decir del efecto embellecedor que tiene un hombre feo en un auto de alta gama versus un conductor guapo [y sin dinero] de micro.


Sin plata / Con plata


Naturalmente que no tengo algo contra el dinero, ni mucho menos con las personas a las que les guste o hacia aquellas que lo tengan en cantidades abundantes. Sí pienso que recae en estas personas el contribuir a cambiar el mundo, recae en ellos el dejar de lado la ambición de acumular y consumir cada vez más por un mero afán del ego, de sentirse poderosos; pienso que si se valorara menos el dinero en lugar de las buenas relaciones, de una conversación grata con un buen amigo caminando por la calle, de un abrazo sincero, o de sentirse agradecidos con lo que tienen, todo sería diferente: no tendríamos que cruzarnos diariamente con gente pidiendo dinero en las calles, con niños pidiendo comida o monedas. Estoy divagando, y no me siento con derecho alguno de decirle al resto lo que deberían hacer, creo en realidad estoy hablando de lo que yo haría y nadie tiene que compartir mis ideales oníricos de un mundo sin pobreza y mayor felicidad. Un mundo sin dinero me parece mucho más atractivo que el actual.





Pareciera que hasta la gratitud cuesta, que las buenas intenciones se quedan en ello. En estos tiempos de consumismo exacerbado, es hasta de mediocres el no querer tener más ("porque uno siempre tiene que aspirar a más"). Pareciera que todo es un negocio. ¿Qué será de nosotros como especie cuando nos demos cuenta de que somos tan pobres que lo único que tenemos es dinero?


Mi vena social-reflexiva se activó a partir de leer esta frase, la cual lamentablemente me parece tan cierta como tétrica. Sólo un genio de ficción, como Alan Shore, un personaje de una de mis series icónicas “Boston Legal”, podría haberlo dicho:


Alan Shore


All it takes for evil to succeed is for good people to say: ‘It’s a business’”.
(“Lo único que necesita el mal para tener éxito, es que la gente buena diga ‘es un negocio’”).


Entonces… ¿a quién le gusta el dinero?



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Balance del año 2016:

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